martes, 4 de diciembre de 2018




Buenas nuevas. Un cuento del blog seleccionado para participar de la antología de audiocuentos de la nueva narrativa argentina. Sale el año que viene. El cuento se llama "Tormenta".








jueves, 29 de noviembre de 2018

paula está enamorada de otro




Cuando me desperté el tipo estaba ahí. Estirado todo a lo largo de la cama en forma perpendicular a mí y a Paula. Lo vi alumbrado por la luz de mi teléfono (lo había levantado para fijarme la hora; las cuatro de la mañana; desde hacía varias semanas siempre me despertaba sobresaltado a esa hora, como si alguien me hubiera sacudido del hombro). Pegué un salto y me paré a un costado. Él se llevó un índice a la boca. Tranquilo, dijo, notando mi desconcierto; no hagas lío que la podés despertar. Cerré los ojos. Volví a abrirlos. El tipo seguía ahí. Se había encorvado encima de la cama, y ahora estaba inmóvil, con la espalda tensa como un gato en estado de alerta. Solamente cuando notó que hacía el ademán de prender la lámpara estiró un brazo y me agarró. Esperá. Me descolocó que su voz sonara idéntica a la mía, pero me lo saqué de encima y prendí la luz igual. Fue raro. La única noción que yo tenía de mi aspecto físico venía de haberme visto en espejos, videos o fotos, y habría podido creer que era una noción bastante precisa. Pero cuando la luz lo alumbró y reconocí en el tipo mi cara, mi pelo, mi cuerpo, incluso la misma ropa que yo tenía puesta, la sensación de extrañeza fue bastante profunda; no se parecía en nada a lo que yo imaginaba que podía ser verme a mí mismo desde los ojos de otro. Lo vi levantarse, acercarse en puntas de pie: Apagala. Apagala. Y señalando a Paula: Se va a despertar. Miré la cama, ella seguía dormida, su respiración mansa y sigilosa apenas le inflaba la panza. El tipo aprovechó mi distracción para apagar la luz. Volví a empujarlo; quise decirle algo, pero no se me ocurrió qué decirle. Supe que él tenía el control del asunto. Por lo menos se manejaba como si la situación fuera normal o como si a pesar de su anormalidad tuviera muy en claro sus objetivos. Más cuando se enderezó despacio, sin sacarse el índice de la boca, y me susurró: Solamente vine para decirte algo, antes de que se despierte. Y bajó todavía más la voz: Paula está enamorada de otro. Aunque por la penumbra se veía poco y nada, me pareció percibir un espasmo en sus labios; quizás una sonrisa, quizás un gesto de afirmación; quizás solamente una mueca tibia, indulgente, embarrada de lástima. Me estoy volviendo loco, pensé. Estoy perdiendo la cabeza. Y él, como si pudiera leerme el pensamiento: No, no te estás volviendo loco. En realidad todo es muy simple. Me llevé una mano a la boca y me mordí un dedo. Lo mordí fuerte. Ah, dijo él. Volví a morderlo y de nuevo: Pará, dijo. Fue una revelación. Además de escuchar lo que pensaba, el tipo al parecer también podía sentir lo que yo sentía. Y, ni bien lo asimilé, vi que se acercaba un paso más. ¿Me escuchaste?, dijo. Paula está enamorada de otro. Miré a un costado. Ella seguía durmiendo. Tengo que despertarla, pensé. Y él: Ni se te ocurra. Pero la idea ya se me había ocurrido y estaba en eso cuando el tipo me cruzó un brazo, frenándome. Dejá que la despierto yo. Sonreí. ¿Qué? Que yo la despierto. Una frase se instaló en mi cerebro: Paula es mi novia. Él no movió un pelo. Pude sentir la prepotencia de su aliento cuando me dijo: ¿No te interesa saber de quién está enamorada? Me interesaba. Para eso quiero despertarla, pensé. Él entonces me soltó. Yo te lo ahorro, dijo, y de nuevo me pareció notar una mueca en sus labios mientras inflaba los hombros y estiraba los brazos a lo largo del cuerpo: De mí. Paula está enamorada de mí. Hubo un silencio. Tres o cuatro segundos. Después solté una risita. Él debía saber lo que yo estaba pensando. Pero no me dijo nada. En lugar de eso vi que se recostaba en la cama, en el exacto punto donde algunos minutos atrás había estado durmiendo yo, y que sacudía el hombro de Paula hasta despertarla. Vi que ella se daba vuelta. Que con los ojos cerrados lo abrazaba. Que le daba un beso en la boca. Que le cruzaba una pierna por encima de las caderas. Se me hizo un vacío. Como un pozo. Paula seguía besándolo medio dormida. Esa forma de besar de Paula, lenta, agónica; ese beso que había sido mío tantas veces, que tantas veces había crecido en mi boca. En un último rapto de lucidez traté de meterme. De despabilarla. De avisarle que ese tipo no era yo; que en ese momento estaba besando a otro. Pero cuando me incliné encima de ella y abrí la boca, de mi boca no salió nada. Grité. Grité fuerte. Grité como para que me escucharan hasta en el último piso del edificio; grité como para que de las ramas de los árboles de la vereda salieran volando todos los pájaros. Pero en la pieza el silencio seguía siendo absoluto; apenas se escuchaba el roce de los labios de Paula deslizándose sobre los del tipo despacio. Quise agarrarlo, levantarlo, sacarlo de la cama; quise encender la luz para que ella me viera y se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Pero no pude hacer ni una cosa ni la otra: en ese momento descubrí que había perdido el control de mi cuerpo. Que esa entidad en la que mi consciencia y mis sentidos flotaban había dejado de ser mía. Paula seguía entrelazada con el extraño, acariciándolo, besándolo; podía notar, inclinado a un costado, que se decían cosas al oído. Que se sonreían. Que se miraban. Entonces esa entidad en la que estaba encerrado me arrastró hasta el borde de la cama y me estiró sobre el colchón en forma perpendicular a ellos, a escasos centímetros de sus pies. Esa misma entidad me cerró los párpados. Se equivoca, pensé. Ella está enamorada de mí. Pero en ese momento no me dio la sensación de que al tipo le siguiera interesando lo que yo del otro lado de la cama estaba pensando.  





domingo, 29 de abril de 2018



Buenas noticias. Un cuento del blog publicado en La Agenda de Buenos Aires en el siguiente link.



 

jueves, 19 de abril de 2018



Breve idilio con Vargas Llosa




En su momento (creo que cuando andaba por los veinte) “La ciudad y los perros” y “Los cachorros” fueron una paliza. Después lo dejé de leer. Facultad; otros autores; quizás también inconscientemente influido por la tierra que le tiraban de todos lados, gente del tupper de la literatura que denostaba su ideología conservadora o los rulos faranduleros de su vida sentimental. Hasta que hace varios años, en plena vorágine del Nobel, alguien me prestó “Conversación en la catedral”: Leete esto. Nunca vi nada igual. Tenía una fe ciega en el consejo de esta persona, y por eso le puse garra al asunto, pero por más que tratara y tratara no podía avanzar. Me costaba entrarle al ritmo, a la textura barroca; me desmoralizaban por sobre todo las casi seiscientas páginas viscosas, como empapadas de verdín, que me esperaban atrás. Intenté varias veces a lo largo de esos años. Creo que llegué dos o tres veces a pasar de la página cincuenta, incluso encontré marcas en la página cien, pero cada vez que lo retomaba ya no me acordaba nada de lo que había pasado hasta ese punto y tenía que empezarlo de nuevo. Al fin este verano me mandé. No tenía nada que leer, tampoco un mango para comprarme nada nuevo, y volví a arrancarlo por vez enésima pero ahora sin ninguna presión de por medio, ya depurado de ese impulso masoquista que antes me obligaba a terminar lo que empezaba aunque fuera a costa de largos intervalos y lamentables esfuerzos. Si no me gusta ya está. Lo descuelgo de ese edificio temerario de libros pendientes que hace equilibrio en mi mesita de luz y lo extradito a la biblioteca, a esa suerte de panteón decorativo burgués adonde los libros van para morirse. 

Y no sé cómo fue, ni tampoco me lo esperaba, pero a la semana, semana y pico, yo ya estaba adentro. Ya estaba adentro de Conversación de verdad, como hacía tiempo no me pasaba con ninguna novela. Mientras avanzaba no quería googlear nada, ni sobre su fidelidad histórica ni sobre su contexto de producción, para no romper el hechizo. Se notaba mucho, muchísimo, Faulkner; pero lo que más se notaba era la libertad: nunca hasta ese momento había leído algo de apariencia tan caótica que fuera al mismo tiempo tan inteligible; en Conversación Vargas Llosa hace lo que se le cantan los huevos, alternando voces, escenas y tiempos distintos en la racha de una media página y así y todo, por más inverosímil que suene, se lo sigue. Esa misma ostentación digamos técnica que las veces anteriores me había hecho soltar el libro casi con rechazo (era como si el autor agarrara la pelota en medio del partido y se pusiera a hacer jueguitos) ahora me parecía tan fascinante como imprescindible: el pasado, el presente y el futuro se imbrican y el sórdido destino de Cayo Bermudez (un milico de provincia maquiavélico; el psicópata mejor construido que haya encontrado alguna vez en un texto literario, a tal punto que por momentos su magnetismo se roba la novela) prefigura el de Zavalita, el joven idealista y burgués. A pesar de estar parados en veredas opuestas, el texto termina insinuando que los dos están hechos de la misma madera; son nihilistas, son orgullosos, son parcos, son tristes (nunca en todo el desarrollo les conocemos una sonrisa). 

Conversación no es un libro que le recomendaría a nadie por los mismos motivos que me hicieron postergarlo a mí: da paja. Pero cuando lo terminé sentí que había valido la pena cada micro segundo de lectura; que había sido una experiencia tan intensa como lo podría ser cualquier otra de la vida real. Vargas Llosa la escribió cuando apenas tenía treinta y tres años (al final entré a Wikipedia), y quedé tan manija que fui directo a buscar otra novela suya, apuntando a alguna que hubiera escrito en su periodo de madurez. Ahí entonces “La fiesta del chivo”, del 2000. Se nota el tiempo, la libido reposada de la senectud; se nota a un autor, ya promediando los sesenta, que baja varios cambios, sin ese pulso romántico y juvenil, casi desaforado, que hincha la correntada de Conversación; en La fiesta por momentos la prosa es tan regular y precisa que más bien parece robótica. No te arrastra como un río, no, pero se nota el esfuerzo probo en la documentación, la honestidad con que el tipo encaró el proyecto, y hacia el último tercio de la novela los cabos que durante el desarrollo se venían atando ya se desatan y entonces sobrevienen escenas de una crudeza tan asfixiante que es imposible no recorrerlas con la boca entreabierta y una punzada de tensión revolviéndote el estómago. Terminé de leerla ayer y no me avergüenza confesar que enfrentado al desenlace me ardieron los ojos como cuando los abrís en una pileta con cloro y que una cascada de escalofríos me recorrió la columna en sucesivas oleadas, efectos físicos de la experiencia estética. Urania, una mujer adulta, moderna, profesional, independiente, que trabaja en una corporación de Nueva York, se termina quebrando enfrente de sus familiares dominicanos, a los que va a visitar a la isla después de casi treinta años sin verlos, mientras les confiesa el porqué de su alejamiento: lo que su padre le hizo cuando ella solamente tenía catorce años; lo que a manos de su padre le terminó haciendo, como al resto del país, Trujillo. Suena a escena de telenovela mexicana, pero se trata de Vargas Llosa y sensiblería no hay nunca; lo que hay es emoción.




viernes, 9 de febrero de 2018




Molly´s game: el machismo según Sorkin






Hay gente a la que uno sigue sin darse cuenta, gente protegida por la ignorancia propia o el anonimato mediático. Me di cuenta de esto después de ver “Molly´s game”. Me gustó tanto que busqué quién era el director, que a la larga resultó ser también el guionista, y solamente cuando lo googleé descubrí que el tipo también había escrito otra película que pocos meses atrás realmente me había pegado, al punto de que volví a verla entera de nuevo. Era sobre Steve Jobs, y así se llamaba: “Steve Jobs”. 

En “Steve Jobs” hay un diálogo final inolvidable. El genio, el gran arquitecto de la computación global, le pide perdón a la hija admitiendo en la terraza de un edificio, antes de presentar el último modelo de la Apple: “Fui mal construido”. 

La película en general rebosa de largos planos secuencia plagados de largos diálogos que tienen la virtud de ser inteligentes y a la vez sustanciales desde el punto de vista de la trama, evitando con cintura tanto los lugares comunes como los parpadeos impostados de la ficción: los personajes verbalmente se están cagando a palos pero no dudan, no trastabillan; es increíble cómo por lo general ningún ser humano duda cuando están en juego cargas tan poderosas, y que este tipo a través de sus diálogos lo sepa reflejar.

“Molly´s game”, una suerte de “El lobo de Wall Street” versión femenina, pone sobre la mesa el tema en boga de la agenda mediática yanqui, que puede extrapolarse al resto de sus provincias del hemisferio occidental: el rol de la mujer en el contexto de una sociedad patriarcal. Así como el año pasado el debate giraba en torno a la marginación de los negros, este año las grandes películas norteamericanas acusan un palazo al machismo: “The post”, “Tres anuncios…”, “Battle of the sex”, entre otras. 

Pero hay una escena en “Molly´s game”, comparable a la de la terraza en “Steve Jobs”, que denuncia con una sutileza inigualable ese punto. Padre e hija (parece un tema recurrente en el autor) conversan en un parque. Él, psicólogo de prestigio, hormonal y autoritario, trata de reducirla en el intercambio con un recurso patético. Le dice: Todo lo que hiciste en tu vida fue para someter a hombres poderosos. Da por sentado que el hombre poderoso en la vida de su hija es él. Lo que sigue después es un temblor de inteligencia, vigor emocional y lástima que me llamó tanto la atención que por eso al final googleé al director: Aaron Sorkin.

Su película no tiene nada que envidiarle a “Tres anuncios…”, la destinada a ganar el Oscar. Fluye, es punzante, y tanto el negro como Chastain la descosen. Y la yapa: hay una perla en la intro para todos los futboleros del país que me dio hernia de corazón y que me compró de entrada.





sábado, 6 de enero de 2018



The room: el absurdo en el sistema







Hay algo siniestro en “The room” (2003), algo difícil de extrapolar, digamos, pero que se percibe, se intuye con nitidez en toda la película, como el rastro en la garganta de una birra casera poderosa una tarde de resaca. Yo la conocí hace poco, gracias a que el homenaje de James Franco la puso en el centro de la vorágine mediática. Leí que es considerada una película de culto entre cinéfilos y hipsters, leí que es referenciada como “la mejor peor película de la historia”. No creí del todo en el oxímoron hasta que la vi. Era cierto. Las pésimas actuaciones, los pésimos diálogos, el pésimo armado de la trama y los múltiples errores de continuidad y de encuadre tenían un encanto magnético: el encanto de la inconsciencia absoluta. Tommy Wiseau, director, productor, guionista y actor principal de la película invirtió casi seis millones de dólares de su bolsillo para hacer realidad su sueño, y resulta un personaje entrañable en la medida en que en ningún momento parece comprender el despropósito de su empresa. Como a todo narcisista de cepa, lo mueve una ingenuidad genuina. Y el resultado está ahí: un drama involuntariamente cómico. 

Pero no es por ese lado donde me pegó "The room". En primera instancia es cierto que hace reír, es cierto que enternece y que a la vez estimula la mala leche del cinismo, pero después de verla algo se me quedó trabado en el humor, en el estómago, una sensación. Hay reglas en el arte, normas que los artistas conscientes de sus elementos respetan o manipulan, siempre con el mango de la sartén a mano. Puede salir mal, puede salir bien, pero incluso dentro de la mediocridad, incluso dentro de la peor mediocridad, se respira la conciencia, la norma, el elogio de la cordura. 

En “The room” en cambio no. Hay un formato, un molde legible, pero la madera adentro es de un absurdo incisivo, de una inconsistencia violenta, que pone en jaque o por lo menos enseña el revés de esas normas elementales, como si las subrayara desde la negación, como si mostrara la farsa del artificio desde la inadecuación a ese artificio. "The room" es como esos locos que hablan solos por la calle: un lapsus en el sistema que protegida por la inocencia y por la libertad revela el absurdo del sistema en general. Y no sé muy bien lo que quiero decir, pero con una mano en el corazón fue algo más extraño, algo más siniestro lo que sentí mientras la miraba, al punto de que esa atmósfera onírica me recargó el subconsciente y a la noche tuve pesadillas aleatorias, demenciales; visiones extravagantes y ridículas que antes de ver la película no estaban en mí. Y quizás fue solamente una mala noche, puede ser eso, nada que ver con "The room"; pero al otro día estaba en la rutina de nuevo y esperando el bondi pensé que la vida, la vida real, con sus meses y sus carteles y sus semáforos, también tiene pautas, también tiene normas, y todo parece adecuado, cada media en su cajón, cada hábito en su casillero, hasta que pasa algo como esta película y todo parece desplomarse, salirse de eje, se revela que el sistema entero es un chiste pesadillesco, la identidad, el nombre, el documento, una abstracción de una inconsciencia absoluta que absorbe, que oprime, que revienta la libertad de la cabeza cada segundo durante toda la vida. Y lo más siniestro de todo es que estas cosas anormales, fuera de serie, pasan todo el tiempo, están ahí, son el pan de cada día, nada más que verlas es difícil. Pero no estoy seguro de que sea eso lo que haya querido decir.

Hace poco un James Franco sacrílego en su personificación de Tommy Wiseau sacó una película que narra el proceso de producción de “The room”, un precioso homenaje en clave cómica pero que a mí más bien me sonó a un intento desesperado por tratar de comprender ese grito desconcertante en el desierto que es la película de Wiseau. Se llama “The disaster artist”.   






martes, 12 de diciembre de 2017




El capo de Pedro Mairal recomendó un cuento del blog y salió publicado en la revista "El ansia". En realidad es más un tomo, y está lindo, con textos de Vitagliano, Muslip y Mairal. Un orgullo aparecer entre tantos genios. Se llama Las cosas mortales.





sábado, 25 de noviembre de 2017


El conurbano nórdico





Aviso que voy a “spoilear”. Y que la vi en el cine. La más bizarra de las escenas que jamás haya visto en un cine. Un tipo haciendo una perfomance artística en una cena de gala llena de benefactores de un museo sueco bacán (al estilo de lo que sería el Malba porteño). El rol del actor: el del “hombre-gorila”. Se hace el mono intimidando a los aristócratas que solventan su propia actuación y que lo miran con una complicidad risueña al principio, pero que después, cuando el “hombre-gorila” se va de mambo y le rompe la copa a uno de los comensales, poco a poco empiezan a incomodarse.

Empiezan a darse cuenta de que el hombre, el artista, dejó de estar ahí. De que el tipo realmente está sacado. Ni siquiera el Curador del museo lo puede aplacar. Y el tipo en cuestión es fibroso, tosco, un albañil de músculos hipertrofiados, todo sudado, dispuesto a comerse las entrañas de sangre azul de los que están ahí encerrados en la jaula de su alcurnia. La aprensión colectiva entonces es tal que todos agachan la cabeza. Esto ya no es una broma: esto va en serio. Recién cuando el “hombre-gorila” trata de violar a una mujer salta un gordo de traje. El linchamiento que sobreviene después es uno de los varios cabos sueltos simbólicos que a la postre te deja sobrevolando en la cabeza la película.

Por tratar de atar esos mismos cabos fue que después googleé al director Ruben Östlund apenas volví a mi casa. Descubrí que ya había visto una película suya, deliciosa, tan tragicómica como “The Square”, aunque en otro tono: “Force majeure”. No la había olvidado, lo que me dio la pauta de que había sido realmente buena, aunque nunca imaginé después de verla que formara parte de un verdadero proyecto estético. Me permito ser tilingo en este punto: fui a ver “The Square” al cine solo porque ganó este año la Palma de Oro en Cannes. Me he comido más de un chasco por este vicio. Por lo general porque más que premiar una película en sí lo que Cannes premia es la trayectoria previa de un creador. Con lo cual lo que uno se encuentra muchas veces es con la resaca.

Ahí están Koach y Kiarostami para servir de ejemplo. Sus películas “menores” son mucho más valiosas que las que finalmente terminaron por ser galardonadas. Tal como pasa con los escritores con el Nobel, Cannes parece reconocer con su premio más importante el recorrido. Por eso buceé en lo que había hecho antes este tal Östlund. Quizás con otro director no lo hubiera hecho. Pero en su caso no podía dejar de pensar en la mente tan siniestra como desparpajada que necesariamente debía haber atrás de una escena como la del “hombre-gorila”. Así fue como me terminé encontrando con otra película, una que había filmado en el 2011: “Play”. La premisa era tan devastadora como tentadora: la historia real de unos nenes negros, hijos de inmigrantes, que en Suecia fueron juzgados por intimidar y secuestrar “psicológicamente”, sin ejercer violencia explícita, a varios chicos suecos.

He visto muchas películas en este 2017, pero ninguna, puedo decir hoy, está a la altura de la que vi ayer cuando me puse a mirar “Play”. “Play” describe como ninguna película argentina lo supo hacer hasta el momento lo que es el conflicto de clases en el conurbano. Lo que en Suecia con la inmigración representa una anomalía social reciente, a tal punto que la película (2011) generó todo un debate allá, en el conurbano se trata de un bardo masivo, cocinado a fuego lento desde hace décadas. Un bullying que trata de disculpar el superyó del progresismo virtual de las redes sociales, por lo general porteño, aquel que precisamente no lo padece, y que básicamente consiste en que banditas de negros del fondo, con calle y con saña y con hambre, se comen física y psíquicamente en los barrios a los “suequitos” de la clase media.

Son el “hombre-gorila” que en un colectivo o en un tren atropellan las normas sociales, dejando al resto de los pasajeros mirando el piso como quinceañeras. En la película está claro que los suecos no saben cómo pararse, que Europa entera no sabe cómo pararse frente al nuevo status quo que instala la inmigración (¿qué sentir?, ¿compasión?, ¿desprecio?; ¿qué separa a la compasión del desprecio?). ¿Qué separa al desprecio del miedo? Los negros actúan tan bien, tan bien también actúan los rubicundos suequitos, que la tensión te endurece las vértebras como si fueras vos el que del otro lado de la pantalla de vidrio estuviera soportando todo ese mar inmenso de mierda y sufrimiento.

Es una película claramente hanekeana, en el sentido de que fue el director austríaco el primer cineasta en instalar incisivamente en Europa el conflicto de la inmigración en términos micro cotidianos, y en el sentido de que su película “Funny Games” reprodujo como nunca antes se había hecho la naturaleza del psicopateo criminal, indisociable del que se observa en los negros de “Play”, capaces de obligar a una de sus víctimas a hacer casi cien flexiones con la promesa de que si las hacía completas lo iban a dejar en paz.


Pero hay que decirlo. Aunque Haneke sea probablemente el mejor cineasta que haya parido el mundo desde la muerte de Bergman, este tal Östlund maneja con una sutileza mucho más humorística, mucho más desabrigada, varios de sus dilemas. No le preocupa ser políticamente correcto. No defiende a los negros con panfletos humanistas. Es más nórdico que Haneke; se caga en la conmiseración. Muestra a sus personajes tal como son. La amplitud sociológica, política, de su mirada, está en todo caso en los detalles: las pulcras oficinistas nórdicas que limpian las manchas que uno de los chicos abusados, descendiente de asiáticos, deja en una puerta de vidrio después de apoyar las manos; la manera en que en un colectivo nadie reacciona ni cuando los negros empiezan a boludear a un pasajero ni cuando después les dan una tunda; o lo que pasa en un tren con una cuna de madera apoyada en el pasillo entre dos vagones. Por los altoparlantes se le solicita al infractor que la saque de ese lugar porque impide el libre desplazamiento de los pasajeros (leit motiv que funciona a modo de descanso en la tensión a todo lo largo del relato). Al ver que nadie se hace cargo, el guarda ya la está sacando hasta que una colega suya se acerca al trote y le dice que quizás el dueño de la cuna no es sueco, que antes de desecharla deberían transmitir el mensaje por los altoparlantes en inglés. Solamente al final nos enteramos de que la cuna en cuestión es de uno de los pibitos chorros, que viaja solo en el tren con su hermano menor. 




miércoles, 6 de septiembre de 2017

como una cobra



Era el fogón de reyes. Se armaba una carpa de circo enfrente de la iglesia del colegio, y después de misa la gente se desparramaba en las sillas a escuchar los grupos de folclore que tocaban hasta la medianoche en el escenario. También actuaban payasos para los chicos en los intervalos de la música, y en el descampado, a un costado de la carpa, asaban patis y choripanes en parrillas con cuatro patas que después vendían con vasos de gaseosa en unos tablones largos de madera apoyados sobre caballetes.

Desde chico yo había ido a ese fogón con mis nonos, pero después de que mi nono muriera mi nona había empezado a ir a la iglesia con la abuela de Lucifer, también viuda, y esa noche fueron las dos juntas y nos dejaron a Lucifer y a mí ir al fogón por nuestra cuenta.

Mi amigo en realidad se llamaba Gustavo, pero en el barrio le había quedado Lucifer después de una pelea que tuvo con un gordo varios años más grande que él jugando a la pelota. El gordo lo había tirado al piso y se le había sentado encima del pecho, apoyándole una rodilla en un brazo y la otra rodilla en el otro. Gustavo se puso a llorar. Parecía una lauchita, toda rubiecita y huesuda, aplastada abajo del gordo. Y uno no sabe si lo hizo porque no podía pensar o si porque en realidad no le importaba nada, pero el tema es que en vez de cerrar el pico para que el gordo lo soltara empezó a gritarle tan fuerte que se escuchó en todo el barrio lo único que todo sabíamos que nunca se le podía decir al gordo: Negro de mierda. El gordo odiaba con toda su alma que le dijeran negro. Y él, gritándole en la cara: Soltame, negro de mierda. Soltame. El gordo entonces le empezó a dar. Con los nudillos blancos de tan apretados. Y como Gustavo no dejaba de gritarle, sollozando abajo de las piñas, negro de mierda, negro de mierda, el gordo se emperraba más, se ponía todavía más jorobado y maldito. Hasta que a los pocos minutos de castigarlo se levantó trastabillando, sin mirar a nadie a los ojos, con la cara aterrada porque tenía la remera y las manos manchadas de sangre y seguía sin poder hacerlo callar al pendejo. Gustavo parecía un diablo, con los ojos salidos para afuera y los dientes llenos de sangre. Poseído, parecía. Las venas hinchadas en el cuello y en la frente, chorreando lágrimas y baba.

Es Lucifer, dijo uno de los pibes esa tarde. Y así le quedó para siempre.

Era la primera vez que íbamos al fogón solos. Cuando llegamos a la iglesia entramos a la misa y nos sentamos en uno de los últimos bancos. Ahí estaban los pibes que iban a los grupos de catequesis. Les decíamos los chetos. Eran unos pavos que solamente pisaban la calle para ir al colegio o a misa, pero eran también más altos y más inteligentes y andaban mejor vestidos que nosotros. Los saludamos de reojo, sin hacer ruido; el cura Rolando ya había empezado a parlar en el altar. Las chicas que rodeaban a los chetos, las más hermosas de todo el barrio, con las manos entrelazadas ahí abajo, miraban fijamente a Rolando. Parecían de hielo. Tocarlas debía arder. Aunque ni siquiera podía imaginarme lo que debía sentirse tocarlas. 

Apenas la misa terminó la gente salió y empezó a sentarse en las sillas de la carpa. Buscamos a nuestras nonas, que se habían acomodado cerca del escenario, y después de saludarlas fuimos a sentarnos afuera, en las escalinatas de la iglesia. Mirábamos la gente que iba y venía por la vereda. Todo eso estaba lleno de chicas. Empezaba a hacerse de noche. Enero a esas alturas era una cosa tan pegajosa que hacía desmayar a las moscas. Cuando el folclore empezó a sonar en el escenario con Lucifer aprovechamos que la mayoría se concentraba en la carpa para ir a comprar unos patis.

Fue entonces cuando la vimos a Celeste.

Era una flaquita pálida de rulos negros, linda según su humor, de ojos claros y medio estrábicos y una nariz puntiaguda de cuervo. Era un año más grande que nosotros; ese año arrancaba noveno. En los bailes de la iglesia se había apretado a varios de mis compañeros de colegio y también a varios negros del fondo todos sudados que se metían de colados en esas fiestas, y que eran los que más bailaban formando rondas para hacerse ver, y los que siempre cuando el baile se estaba a punto de acabar a eso de las doce nos empujaban o se empujaban entre ellos buscando bardo.

Tenía puesto un vaquero negro ajustado y una musculosa blanca que le apretaba las tetas diminutas. Se había pintado los ojos. Por un segundo me miró. Sus pupilas brillaron en la oscuridad como las de un gato. Estaba con una amiga, de pelo castaño, también maquillada.

Lucifer me codeó.

Estas quieren gresca.

Las chicas se fueron con sus gaseosas hasta la esquina oscura donde estaba el portón del colegio. Nosotros nos sentamos en los troncos que bordeaban el descampado y comimos nuestros patis mientras la luna crecía hacia el centro de la noche. El humo de las parrillas subía en espiral. Nenes de todas las edades pasaban corriendo al lado nuestro mientras los adultos adentro de la carpa aplaudían como rebenques al compás de los tambores y los malambos. Un perro husmeaba en el yuyal buscando restos del banquete chisporroteante que se desgrasaba en las parrillas. Miré la esquina y las chicas estaban ahí, solas, dos sombras sentadas en los bancos de la entrada del colegio. Sentí que una bola helada bajaba despacio desde mi estómago sobre el flujo de sangre hasta enfriarme los huevos.

Vamos, me dijo Lucifer. No seas cagón.

Y tiró la servilleta que le habían dado con el pati y me empujó.

Avanzamos por el camino de lajas que cruzaba el descampado hasta la esquina del colegio. Cuando las chicas vieron que nos acercábamos, se levantaron y se alejaron rápido por la vereda oscura, llena de pinos, que bordeaba el paredón carcelario del colegio. Se reían fuerte.

¿Viste? Al pedo, le dije a Lucifer.

Él me miró de reojo, negando con la cabeza.

Qué tipo infantil que sos.

Y después avanzó por la vereda siguiendo a las chicas.

Yo dudé un segundo. Miré la carpa brillante, allá al fondo del descampado, con la música estallando y los pibes corriendo por todos lados y los viejos sentados que aplaudían y cantaban y el humo, ese humo, subiendo de las parrillas hacia la noche despejada, limpia, llena de estrellas. Eso de un lado y esto del otro: Lucifer prendiendo un cigarrillo, siguiendo a las chicas en la oscuridad. De repente se dio vuelta y me miró. Dale, boludo, ¿qué esperás? Yo fui. Con cada paso que daba sentía que me alejaba un paso de casa. Me alejaba de mi nona, de la iglesia, del fogón de reyes; del único mundo que hasta ese momento había conocido. Era como si la sombra que respiraba mientras lo seguía a mi amigo se me fuera metiendo adentro del cuerpo, tapando esos recuerdos brillantes, sumergiéndolos.

Ellas se habían quedado quietas a mitad de cuadra, apoyadas contra el paredón. Lucifer pasó caminando al lado de ellas sin decirles nada y yo lo imité. De repente Celeste le dijo a la amiga en voz alta: Mirá el de amarillo. Parece un patito. Las dos se largaron a reír. Lucifer me dijo en voz baja: ¿La escuchaste? Está con vos. No dijo nada más hasta que llegamos al poste de luz que había en la otra esquina y me vio la cara.

Pancho. Te descansa porque está con vos.

A mí me parecía difícil creer que una chica como esa, más grande que yo, de la que tanto habían hablado mis compañeros de curso ese año, pudiera gustar de mí, un petiso con bigotes de pelusa, lampiño de cuerpo entero, con la voz medio de gallo. Pero Lucifer se enderezó abajo de la lágrima pálida que caía del poste: Vas a ver.

¿Quieren un cigarrillo?, gritó.

Las pibas hablaron despacio entre ellas. Soltaron unas risitas. Al final la amiga de Celeste dijo:

Dale.

Fuimos. Lucifer adelante. Decidido. Yo un poco más despacio atrás. Las piernas me pesaban. Hasta que estuvimos enfrente y mi amigo sacó otro cigarrillo y lo encendió. Por un segundo me pareció que su encendedor temblaba. ¿Cómo te llamás?, me preguntó Celeste. Te crucé varias veces en el colegio pero nunca me dijeron tu nombre. Ezequiel. ¿Vos? Celeste. Mucho gusto, me dijo, y me dio la mano. Su mano estaba ahí, flotando en la oscuridad, y a mí no me quedó otra que darle la mía. Vos pasaste a octavo, ¿no? Me sorprendió que supiera ese detalle. Sí, arranco este año. ¿Cuántos años tenés? Doce. Qué lindo, me contestó Celeste. Doce años. Es hermoso, ¿sabés? Nunca vas a volver a tener una edad mejor en la vida.

Mientras Celeste y yo hablábamos Lucifer se había alejado algunos metros con la otra piba. Se habían llevado los cigarrillos y fumaban apoyados contra la pared. De vez en cuando se veía el resplandor de las brasas. Celeste se acercó y me puso una mano en la panza. Me gusta tu remera. Me gusta el color. Yo me guardé las manos en los bolsillos. Me la regaló mi vieja. Ella sonrió.

Qué tonto que sos, dijo.

Después acercó la cara. Todo pasó muy rápido. Un segundo antes de que su boca tocara la mía, el tiempo se interrumpió. La dejó a ella frenada a punto de besarme y a mí a punto de recibir el beso. Pero no es que dejara de correr el tiempo, más bien lo que se había frenado era el tiempo lineal, ese que corre como una película, allá afuera, del otro lado de los ojos. El otro tiempo, en cambio, ese que es un embrollo, y que se tuerce y enreda adentro de la cabeza como un cable, seguía vivo. Un par de semanas atrás. Diciembre. Se había terminado el colegio y después de cenar Lucifer y yo salíamos a andar en bici por el barrio. La noche era una palma tibia en nuestras caras. De vez en cuando soplaba el viento. De repente se quedó quieto, mirándome: ¿A vos ya te saltó la leche? Yo no contesté. Me pateó la bici. ¿Qué hacés? ¿Sí o no? Mi nona salió a la vereda.

Eze, gritó, parada en la puerta de su casa.

Desde que mi nono había muerto, soltando el último aliento dormido, como solamente mueren los dioses, mi nona rezaba cada noche el rosario entero antes de irse a dormir, y cuando yo me quedaba en su casa me hacía rezarlo con ella. Me daba un rosario de plástico a mí y ella usaba uno de madera, y a medida que pasaban los ave maría yo movía mi mano de una perla a la otra, rezando a la par de ella, mientras del otro lado de la ventana del comedor se escuchaba el rumor de los autos que pasaban y los gritos de Lucifer boludeando con los otros pibes de la cuadra en la vereda. Yo me sentía cada vez más cansado, pero a veces me despabilaba y levantaba los ojos y encontraba los de mi nona cerrados, repitiendo las oraciones sin vacilar, sin ceder, como si yo no estuviera ahí, entera, suya, apasionada, con el mismo tono enérgico y concentrado con que había pronunciado la primera. Dios te salve, María, llena eres de gracia, el señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre hasta llegar después al padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el.

Entonces sus labios se pegaron a los míos y su lengua empujó mi lengua como una cobra, hurgando mis dientes, recorriendo con la punta mi paladar. Nunca había imaginado que fuera así. Incluso después de saber lo que era, incluso después de haber besado a otras mujeres y de haber perdido mi virginidad, sigo sin poder imaginar lo que es. El beso de Celeste esa noche abrió un portal. Su boca. Su lengua. Sus movimientos. No podía haber una conexión más íntima, más compleja entre dos personas que esa. Y hubiera estado un rato largo tratando de descubrirlo, pero a los pocos minutos una banda de negros del asentamiento pasó caminando por el medio de la calle y Celeste me soltó.

Evaa, amarillo, me gritó uno.

Callate, trolo, le contestó ella.

Los pibes siguieron de largo riéndose, pero al final se quedaron quietos en la otra esquina.

Ahí se terminó nuestra noche.

Otro día nos vemos, me despidió con un pico Celeste.

            Y después de buscar a su amiga fue y se acercó a los pibes.

Con Lucifer volvimos a la carpa. El administrador de la iglesia nos conocía desde que éramos chicos y cuando estábamos llegando a las parrillas nos cruzó. Era un formoseño canoso y petisito, peinado raya al costado, con cara de bonachón.

Tengan cuidado, chicos. Hay muchachas más grandes dando vueltas que se pueden aprovechar de ustedes.

Nuestras nonas seguían en la carpa, mirando el concierto folclórico. Cuando nos acercamos nos preguntaron dónde habíamos estado y nos pidieron que volviéramos a casa con ellas. Nosotros les dijimos que sí, pero después nos alejamos y fuimos a la plaza de una heladería que había a un par de cuadras, enfrente de la Ruta 8, y ahí nos terminamos un paquete de veinte en silencio, mirando los camiones y colectivos que iban y venían, pensando cada uno por su lado.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero para cuando nos quisimos dar cuenta el fogón ya se había desarmado y quedaba muy poca gente en la carpa.

¿Todo bien?, me dijo Lucifer, mientras volvíamos a casa.

Todo en orden, le contesté.

Mi nona, que después de cumplir los doce me había dado un juego de llaves de su casa como regalo simbólico, cuando llegué estaba durmiendo. Yo seguí de largo sin encender ninguna luz y también me acosté.

Me sentía muy cansado, pero estuve varias horas dando vueltas en la cama sin poder dormirme. A veces abría los ojos y sentía en mi boca el olor, el sabor de Celeste. Cada vez que tragaba saliva sentía que estaba tragando la suya. Y, cuando por fin volvía a dormitar, las imágenes y sensaciones del beso se mezclaban con las de la misa. La lengua. Los chetos. Las vírgenes de yeso. Mi nona sentada en el banco del frente. La hostia de la carne de Cristo alzada en las manos del cura Rolando que todos los feligreses miraban paralizados. Dios. Su ícono. El ojo espiando a través de un triángulo. Un ojo. Un triángulo. Celeste. Me toqué la frente. Ardía. La cama estaba enchastrada en sudor. Pensé que debía tener fiebre. Mi mente deliraba. Por momentos me costaba saber si estaba dormido o despierto.

En ese estado me levanté un rato después. Quería mojarme la cabeza. También tenía ganas de pillar. Crucé el pasillo medio mareado, pero antes de entrar al baño di un paso al costado y empujé la puerta de la pieza de mi nona. Ella estaba encorvada en posición fetal, abajo de las sábanas. Se escuchaban sus ronquidos en la oscuridad. El lado donde dormía mi nono vacío. En la pared un Cristo de madera clavado en la cruz, alumbrado apenas por los postes de luz de la calle. Su cara tallada hacia el infinito, con los ojos entornados y la boca abierta, siempre me había parecido una expresión de dolor. Pero esa noche, mirándolo mudo en la sombra, su gesto solamente pudo hacerme pensar en el de Celeste cuando le toqué las tetas y le puse una mano ahí abajo, entre las piernas.

Cerré la puerta de la pieza y abrí la del baño.

Pillé con un brazo apoyado en la pared y la frente apoyada en ese brazo. No podía sacarme esa imagen de la cabeza. Celeste respirando en mi boca. Su cuerpo pegado al mío. Su voz, hablándome al oído despacio. Fue entonces cuando lo sentí. Un calor interno, un reflujo de sangre corriendo en la dirección contraria. Yo ya había terminado de pillar, pero no podía moverme de ahí. El portal seguía abierto; ahora podía ver lo que había del otro lado. Era algo magnético. Me gustaba sentirlo, y al mismo tiempo me aterrorizaba. Mi mano parecía la de un extraño. Me latía muy fuerte el corazón. Quería llegar al otro lado, pero también no llegar nunca. Había escuchado lo que era. Pero nunca hasta esa noche, hasta ese baño, me había pasado.

Cuando salí me temblaba el cuerpo entero. Creí que iba a estar despierto toda la noche, aturdido por la visión. Pero apenas volví a acostarme descansé. Cerré los ojos y resbalé hacia el sueño como una hoja en el agua. Tenía la cabeza vacía de Celeste. La fiebre había bajado.







jueves, 17 de agosto de 2017



Entresueño No tengo nombre ni edad ni cuerpo. No es mío mi humor. El presente se infla como una boca que no tiene dónde escupir el aire. No abras los ojos. No. Afuera el vértigo. La ansiedad. Esa escalera que solamente puede bajarse de espaldas. Quedémonos acá por ahora. No esperes nada. No busques ser vos. Abrazá el milagro de ser el rey de este momento sin ir hacia ninguna parte.






sábado, 8 de julio de 2017




Virginidad Lo más valioso que perdí cuando dejé de ser virgen fue el asombro. Esa mirada extrañada por todo. Cada rueda. Cada luz. Podía estar horas rumiando un solo pensamiento. Aquel perro que bosteza en el escalón de la puerta. Sus ojos decían más de mí que de él. Cómo extraño esa mente, esa esperanza ciega, ese
barro. Trato de entender por qué no tenía miedo, de dónde me salía esa confianza absoluta. Era un bailarín desorientado, veía tanto cansancio en la gente, tanto revuelo y griterío avanzando hacia ninguna parte. En cambio yo me aferraba a esto; nunca nadie lo iba a conocer; era mío, mi enigma, mi cama, mi olor en la noche. Qué libre que era ahí sentado con la gramática silbando como una pava desesperada de papel en el infierno de los mudos. Cada instante se alejaba hacia el pozo sin fondo de la hora y desde ahí aullaba como un viento, como un pobre bicho empapado por la lluvia. A tal punto que me podía mezclar con los muertos y el aire a mi alrededor se volvía una broma impune. Yo creía que no podía durar demasiado. No podía ser posible. Pero un cuchillazo abría la broma en dos y me mostraba sus costuras. Entonces emergía Dios, o una de las formas de Dios; el mismo que fui antes de ser dado a luz y chocar con la intemperie. Veía su cara abierta en la penumbra; se parecía a las manchas pálidas que flotan dibujando peces en el revés de los párpados. Yo creía tantas cosas pero una vez que se está ahí se pierde toda esperanza. Él sabía cuál era mi destino, cómo no iba a saberlo, mi vida estuvo escrita en la palma de su mano mucho antes que mi nombre, que mis huesos, que mi ubicación en la pirámide de clases. Y recuerdo como si lo estuviera viendo ahora que no tuvo ninguna piedad al momento de hacerme
saber: no, esto no se acaba nunca.








jueves, 25 de mayo de 2017

el loco del sexto




En mi edificio hay un loco que todos los días a las diez de la noche se pone a gritar. Uno está cenando o haciendo la sobremesa tranquilo, y de repente, sin aviso, el silencio estalla. El loco grita hasta quedarse sin aire, con la garganta en carne viva, como si lo estuvieran matando. Uno entonces tiene que cerrar las ventanas, las puertas, bajar las persianas, subir al mango el volumen de la tele; pero los alaridos igual traspasan las paredes. Gritará siempre entre cinco y diez minutos; es como una alarma de incendio que cada día a la misma hora se activa para todos los vecinos por igual.

Cuando vine a ver el departamento los de la inmobiliaria no me dijeron una palabra del asunto. Los primeros días los puteé fuerte mientras me encerraba en la pieza para escaparme de la histeria del loco y en el delirio de mi bronca hasta pensé en pedirles algún tipo de compensación. Pero resulta que no existe ningún inciso legal que obligue al locador a explicitar: “El propietario de la unidad C del piso sexto padece de esquizofrenia paranoide, lo que lo impele a efectuar ruidos molestos a partir de las 10 pm”. 

Así que tuve que acostumbrarme a ese inconveniente como a un desperfecto más del edificio.  

Pero del resto no podía decir nada. El departamento era viejo pero sólido, agradable; el alquiler relativamente barato, mismo las expensas, y la administración, toda una rareza, laburaba bien. Según me enteré más tarde, en su momento el asunto del loco fue tema de debate en el consorcio. Pero al final la mayoría se compadeció. Pusieron en la balanza todo lo que el tipo había sufrido y por votación terminaron descartando las medidas drásticas (algunas al borde de la ilegalidad) que en sucesivas reuniones fueron proponiendo distintos propietarios.

La primera vez que escuché los gritos me pegué un susto fiero. Estaba mirando un partido de fútbol cuando de la nada explotó ese torrente desquiciado y fui corriendo a la ventana para ver qué pasaba, Los aullidos venían de arriba (yo estaba en el tercero), y eran claramente los gritos de un hombre; roncos, guturales; un puro lamento animal que no decía nada. Pero de a rachas los alaridos se agudizaban y parecían los de una mujer; llegaban a un clímax de desesperación tal que por contagio también se desesperaba uno. Extrañado porque en el edificio no se movía nadie, salí al pasillo y llamé al vecino del “F”, el único que me había cruzado ese día. El tipo salió demasiado tranquilo, como si no escuchara el desastre que bajaba por las escaleras. 

Pero lo escuchaba. 

Es el loco del sexto, me explicó bostezando. Todos los días a esta hora se pone a gritar.

En dos minutos trató de contarme la historia de ese tipo, cómo era que había quedado así de rayado, pero se me hizo difícil seguirlo; interrumpía las oraciones a la mitad y después las completaba con la mitad de otras que nunca había empezado. Cuando sentí la baranda a porro que salía de adentro de la casa entendí por qué.

Ahora se le pasa, me palmeó el hombro al final. Vos quedate tranquilo.

Al mes, mes y medio de haberme mudado, lo vi. Era de noche; yo estaba charlando con el portero en la vereda cuando una sombra escuálida dobló la esquina. Se acercaba a nosotros despacio, apareciendo y desapareciendo como un espejismo según se metía o salía de los conos de luz que los postes soltaban en la vereda. El portero entonces me codeó: 

Ahí está. 

¿Quién? 

Él me miró con los ojos apretados, como si no hubiera entendido la pregunta. 

Entonces me acordé de que la semana anterior habíamos estado charlando un rato largo del pirado del sexto, y empecé a mirar con otros ojos la sombra que se acercaba. Cuando estuvo enfrente nuestro y lo alumbró la luz del zaguán, vi que debía andar por mi edad; treinta, treinta y cinco años. Rubio, flaquísimo, casi chupado; la cabeza era un cráneo sin carne, apenas cubierta por la piel. Tenía ojeras grandes y violáceas como la marca de dos trompadas. Entró al edificio sin saludar ni mirarnos, y yo esperé a que se fuera por el ascensor para comentarle al portero: 

No parece que estuviera loco. 

Y de hecho parecía un laburante cualquiera, de vaquero y camisa, volviendo a la casa cansado después de una larga jornada de trabajo. El portero levantó las cejas, mirándome con incomodidad. Después se pasó una mano por la boca.

La hermana le paga todo, dijo. Los servicios. La limpieza. La comida. No me extrañaría que también lo bañe.

Esa noche tuve una pesadilla y yo, que nunca me acuerdo de lo que sueño, al otro día la tenía fresca como una película. El loco me tocaba el timbre y me pedía una llave francesa. No tengo, le decía yo. ¿Y una pinza? Pinza sí, ahora te traigo. Pero yo no llegaba a irme que el tipo de repente avanzaba un paso, metiéndose en la casa, y señalaba un punto en el comedor con la boca bien abierta. ¿Vos prendiste la estufa? Entonces yo me daba vuelta y ahí, echada en el sillón, estaba mi vieja, con la bata del hospital, durmiendo a un costado de la estufa. ¿La prendiste vos?, volvía a preguntarme el tipo. No me daba a tiempo a contestar. De golpe me tiraba al piso, me cazaba del cuello y empezaba a gritarme en la cara. Tenía los ojos rojísimos. Los dientes marrones y torcidos. Su saliva me salpicaba.

            Fue un sueño de mierda.

        Por suerte ya me lo había olvidado cuando me lo volví a cruzar. Fue hará unas dos semanas, Las puertas del ascensor se abrieron y ahí estaba él. Buenas noches, le dije. El loco, apoyado contra uno de los espejos, no contestó. Me apoyé en el espejo de enfrente. El olor de su transpiración rancia, mezclada con desodorante, flotaba en la atmósfera cerrada como un vapor. En un momento levanté los ojos y pude ver mi cara, reflejada atrás de la suya, multiplicada al infinito en las mamushkas de vidrio de los dos espejos enfrentados. 

El tipo no movió un pelo hasta que estuvimos en planta baja. Salimos a la calle, él se fue para un lado, yo para el otro, y no tendría mucho más que decir si no fuera porque mientras caminaba al kiosco una nube negra de angustia me empezó a nublar el humor. Una angustia sin motivo, pero pesada, física. No me podía dar cuenta de dónde me venía esa incomodidad hasta que ya en casa, después de cambiarme, reconocí el olor a chivo del loco. Estaba pegado a mi ropa, a mis manos, a mi nariz. Me bañé. Me eché perfume. Pero nada. Era como si el olor se me hubiera metido en la cabeza. No me lo podía sacar de encima.

Y desde esa tarde, desde ese encuentro (ya no sé si fue hace dos semanas o dos días) no puedo dormir. Literalmente no puedo. Me acuesto temprano, antes de escucharlo gritar al loco, y me quedo dando vueltas en la oscuridad como hasta la una. A esa hora prendo la notebook, resignado, y me pongo a mirar escenas de películas o documentales al azar, o a leer noticias viejas de política o de personajes de la farándula. La nostalgia me abruma. Probé de todo ya; estas últimas noches descubrí unos videos de relajación en Youtube, lluvias monótonas como de quince horas o filmaciones caseras de chicas que te hablan con susurros para que te duermas. Nada sirve. Trato de encontrarle una explicación a todo esto y no puedo evitar acordarme del encuentro con el loco en el ascensor: cada vez estoy más convencido de que el tipo con su olor me trasladó su veneno. Otra cosa no se me ocurre. Cada mañana, cuando se encienden los botones de luz en la persiana y me toca levantarme para ir a trabajar, siento que esta no es mi vida, que yo no soy yo; me asusta estar perdiendo la cabeza. Tengo la sensación constante de que hay algo que se me escapa, y cuando por fin me puedo concentrar me viene a la mente de nuevo ese tipo.  

Si solamente pudiera dormir. Me siento tenso, muy tenso. Cargado de una electricidad hambrienta que no sé adónde me lleva. Esta noche, cuando vuelvo a casa, ceno más pesado que de costumbre. Quizás el esfuerzo de la digestión me provoque el sueño. Un último intento desesperado. 

Mientras espero a que baje la comida me pongo a lavar los platos. Es notable la desidia de esta semana: hay una pila mugrienta de cubiertos, platos, ollas y vasos manchados de grasa. Y estoy en eso, refregando fuerte con la esponja, cuando el tipo arranca de nuevo. 

Tengo la cabeza tan volada que no lo veo venir; la ventana está abierta y del susto se me resbala un plato. Cae al piso. Se astilla. Los pedazos saltan por todas partes. Mientras los junto de rodillas, estirando un brazo para alcanzar los pedazos que fueron a parar abajo de la mesada, con los aullidos de ese enfermo rebotando por toda la casa, comparo los buenos tiempos con este presente de mierda.

En los buenos tiempos, los buenos de verdad, yo la tenía a mi mujer y también la tenía a mi vieja. Fue hace poco, menos de un año, pero ahora siento que pasó hace siglos, en otra vida, o que le pasó a otra persona distinta. 

La debacle empezó en el verano. Mi vieja empezó a olvidarse los nombres de las cosas. Una noche se cayó de la cama. Fractura de cadera. Alzheimer, diagnosticaron en el hospital. Desconfié de los médicos hasta la tarde en que fui a visitarla y no me reconoció. Entonces algo se quebró adentro mío. De golpe yo también dejé de reconocerme. Empecé a sentir rechazo hacia mi mujer. Me puse a buscar departamento y cuando encontré esta tapera, lejos de ella, lejos también de mi vieja, agarré mis cosas y la dejé.  

El lunes en que me dieron las llaves, cuando empujé la puerta de esta casa, sentí como si mi vida se partiera en dos: apenas entrara, el pasado iba a quedar atrás, y lo que me esperaba del otro iba a ser el camino hacia un futuro más despejado y limpio.

Pero no tenía forma de preverlo. Uno se aleja buscando silencio, calma, paz interior, y lo que al final se termina encontrando es el cinismo de este llorón que se caga en todo el mundo, que grita como una nena mientras uno lo único que quiere es una noche, por lo menos una sola, lavar los platos tranquilo.

Mientras levanto el plato roto del piso el tipo no para. Sigue y sigue gritando. Grita tan fuerte que parece que estuviera acá. Es un dolor de huevos. Te revuelve el estómago.

Al final le tiro una patada a la mesa y salgo. Dejo los pedazos desparramados. Ya está. Cruzo el pasillo y subo al ascensor. Aprieto el botón del sexto.

Las puertas se abren. Es la primera vez que estoy en el piso del loco. A simple vista es igual al tercero, pero cuando prendo la luz veo las manchas gruesas de humedad en las paredes del pasillo. El foco pelado colgado de un cable.

Hay olor a frito.

La puerta del departamento “C”, como aislada en el tiempo, está impecable. Parece como si la acabaran de pintar esta mañana. A cada paso que doy acercándome el volumen de los gritos aumenta. Son como los sollozos histéricos de una madre borracha, como los rugidos de una leona desgraciada enfrente del cadáver del hijo. Son una cosa toda hecha de sangre y baba que te congela los huesos.

Pero cuando llego a la puerta no dudo un segundo. Toco el timbre. Lo toco varias veces, timbrazos largos, sostenidos, que levantarían de la irritación a un muerto. Pero en ningún momento el griterío ahí adentro se interrumpe o vacila; es como si el loco estuviera poseído, como si no pudiera escuchar nada.

Recién a los pocos minutos se calla, como todas las noches, vencido por una decisión misteriosa que ninguno de nosotros conoce. Entonces vuelvo a llamar. Hijo de puta, digo en voz baja. Después levanto la voz: Salí. Empiezo a golpearle la puerta al mismo tiempo que le toco el timbre. Pero el tipo no abre. Del otro lado todo silencio.

Al final el que sale es un vecino. Prende la luz.

¿Javi?, dice. ¿Todo bien?

Me sorprende que sepa mi nombre. Más todavía me aturde el diminutivo. Es un cincuentón grandote, canoso, al que estoy seguro de no haber visto nunca. Tiene puesta una musculosa sucia. Tiene una verruga con dos o tres cardos, expuestos a la luz del foco, en el mentón. Trato de pensar si hablamos alguna vez o si alguien nos presentó. Pero no puedo ubicarlo.

Se acerca unos pasos.

¿Qué andás haciendo acá?

No me gusta su tono. No me gusta para nada.

No lo soporto más.

Con los hombros duros se lo repito: No lo soporto más. El cincuentón desvía los ojos y mira la puerta del “C”. Después vuelve a mirarme. ¿Pero qué es lo que querés? Yo no termino de entender el sentido de su pregunta. Levanto la voz: Este quilombo. Perdoname, pero no tengo por qué bancarme este quilombo. 

El cincuentón asiente. Se rasca con el índice el espacio entre las cejas. Está bien. Te entiendo. Todos te entendemos. Pero son cinco minutos, nada más. Nosotros ya aprendimos a tolerarlo. 

Yo empiezo a negar con la cabeza antes de que él termine de hablar. 

Ojalá fueran cinco minutos, digo. Ojalá. 

Él entonces me mira raro. Desde que dejé de dormir, siento que todos me miran igual. Por un segundo toda la bronca que me despierta el loco se vuelca en este tipo. En esa verruga asquerosa.

Me doy vuelta. Encaro para el ascensor. El cincuentón de repente sonríe.

Pibe, ¿adónde vas?

¿Qué mierda te importa?, pienso. Pero digo:

A mi casa.

¿A tu casa?

Cuando me doy vuelta para mirarlo, él baja los ojos.

Bueno, dale, dice al final. Buenas noches.

Acaban de llamar al ascensor desde el noveno, por lo que veo en el tablero, así que apenas el cincuentón se mete en la casa pego media vuelta y bajo por las escaleras.

Me doy cuenta de que algo anda mal cuando después de bajar los tres pisos que me separan de casa me encuentro de nuevo en el sexto. Por lo menos cuando enciendo la luz veo el seis dibujado enfrente de la puerta del pasillo. Las paredes alrededor llenas de manchas de humedad.

La falta de sueño, pienso. Me pasó esta mañana en el laburo; desde hace días veo cosas que no son, siempre me siento al borde de que se me caigan los ojos. Por eso sigo de largo y cuando compruebo que la llave encaja perfecto en la cerradura respiro tranquilo.

Ahora, cuando voy a la cocina para limpiar el enchastre que antes de salir dejé en el piso, me empiezo a preocupar de verdad: no hay ningún plato roto. No hay pedazos desparramados por ningún lado. Y no solamente eso: los platos sucios siguen ahí, intactos, formando un pilón de mugre en la pileta, cuando yo estoy completamente seguro de haber estado lavándolos un rato largo antes de que el loco empezara a gritar.

Me acerco a la ventana de la cocina y asomo la cabeza. Veo el pulmón del edificio; allá, en lo hondo, el patio. Parece más alejado, más profundo que de costumbre. Entonces cuento las ventanas apiladas en la torre de enfrente, subiendo de abajo hacia arriba hasta la ventana que coincide con la mía. 

Cierro los ojos. Vuelvo a contar.

Son seis. Seis ventanas.

Seis pisos.

¿Qué carajo está pasando?

Estoy por salir de nuevo del departamento, ya tengo el picaporte de la puerta en la mano, cuando por un segundo miro para atrás y veo el inmenso reloj de madera colgado en la pared del comedor. Me quedo duro. Es un reloj italiano antiguo con incrustaciones de hierro que al principio fue de mis abuelos, después de mi vieja, y ahora está acá. La aguja del segundo avanza implacable y mientras la miro noto aturdido que están a punto de ser las diez. Las diez de la noche de nuevo. Como recién, como ayer, como antes de ayer; como cada instante desde que no puedo dormir. Entonces la puerta se abre con un golpe y veo entrar al loco del sexto, las ventanas están cerradas, hay olor a gas; mi vieja está echada en el mismo sillón donde la dejo cada mañana, antes de ir a trabajar, durmiendo con la bata del hospital, El loco se le tira encima. La aguja sigue avanzando. No se frena nunca. Y, cuando por fin se hacen las diez, mi cabeza se parte y escucho el grito, resbalando sobre mi lengua; la cascada temblorosa que vomita mi ser.