miércoles, 6 de septiembre de 2017

como una cobra



Era el fogón de reyes. Se armaba una carpa de circo enfrente de la iglesia del colegio, y después de misa la gente se desparramaba en las sillas a escuchar los grupos de folclore que tocaban hasta la medianoche en el escenario. También actuaban payasos para los chicos en los intervalos de la música, y en el descampado, a un costado de la carpa, asaban patis y choripanes en parrillas con cuatro patas que después vendían con vasos de gaseosa en unos tablones largos de madera apoyados sobre caballetes.

Desde chico yo había ido a ese fogón con mis nonos, pero después de que mi nono muriera mi nona había empezado a ir a la iglesia con la abuela de Lucifer, también viuda, y esa noche fueron las dos juntas y nos dejaron a Lucifer y a mí ir al fogón por nuestra cuenta.

Mi amigo en realidad se llamaba Gustavo, pero en el barrio le había quedado Lucifer después de una pelea que tuvo con un gordo varios años más grande que él jugando a la pelota. El gordo lo había tirado al piso y se le había sentado encima del pecho, apoyándole una rodilla en un brazo y la otra rodilla en el otro. Gustavo se puso a llorar. Parecía una lauchita, toda rubiecita y huesuda, aplastada abajo del gordo. Y uno no sabe si lo hizo porque no podía pensar o si porque en realidad no le importaba nada, pero el tema es que en vez de cerrar el pico para que el gordo lo soltara empezó a gritarle tan fuerte que se escuchó en todo el barrio lo único que todo sabíamos que nunca se le podía decir al gordo: Negro de mierda. El gordo odiaba con toda su alma que le dijeran negro. Y él, gritándole en la cara: Soltame, negro de mierda. Soltame. El gordo entonces le empezó a dar. Con los nudillos blancos de tan apretados. Y como Gustavo no dejaba de gritarle, sollozando abajo de las piñas, negro de mierda, negro de mierda, el gordo se emperraba más, se ponía todavía más jorobado y maldito. Hasta que a los pocos minutos de castigarlo se levantó trastabillando, sin mirar a nadie a los ojos, con la cara aterrada porque tenía la remera y las manos manchadas de sangre y seguía sin poder hacerlo callar al pendejo. Gustavo parecía un diablo, con los ojos salidos para afuera y los dientes llenos de sangre. Poseído, parecía. Las venas hinchadas en el cuello y en la frente, chorreando lágrimas y baba.

Es Lucifer, dijo uno de los pibes esa tarde. Y así le quedó para siempre.

Era la primera vez que íbamos al fogón solos. Cuando llegamos a la iglesia entramos a la misa y nos sentamos en uno de los últimos bancos. Ahí estaban los pibes que iban a los grupos de catequesis. Les decíamos los chetos. Eran unos pavos que solamente pisaban la calle para ir al colegio o a misa, pero eran también más altos y más inteligentes y andaban mejor vestidos que nosotros. Los saludamos de reojo, sin hacer ruido; el cura Rolando ya había empezado a parlar en el altar. Las chicas que rodeaban a los chetos, las más hermosas de todo el barrio, con las manos entrelazadas ahí abajo, miraban fijamente a Rolando. Parecían de hielo. Tocarlas debía arder. Aunque ni siquiera podía imaginarme lo que debía sentirse tocarlas. 

Apenas la misa terminó la gente salió y empezó a sentarse en las sillas de la carpa. Buscamos a nuestras nonas, que se habían acomodado cerca del escenario, y después de saludarlas fuimos a sentarnos afuera, en las escalinatas de la iglesia. Mirábamos la gente que iba y venía por la vereda. Todo eso estaba lleno de chicas. Empezaba a hacerse de noche. Enero a esas alturas era una cosa tan pegajosa que hacía desmayar a las moscas. Cuando el folclore empezó a sonar en el escenario con Lucifer aprovechamos que la mayoría se concentraba en la carpa para ir a comprar unos patis.

Fue entonces cuando la vimos a Celeste.

Era una flaquita pálida de rulos negros, linda según su humor, de ojos claros y medio estrábicos y una nariz puntiaguda de cuervo. Era un año más grande que nosotros; ese año arrancaba noveno. En los bailes de la iglesia se había apretado a varios de mis compañeros de colegio y también a varios negros del fondo todos sudados que se metían de colados en esas fiestas, y que eran los que más bailaban formando rondas para hacerse ver, y los que siempre cuando el baile se estaba a punto de acabar a eso de las doce nos empujaban o se empujaban entre ellos buscando bardo.

Tenía puesto un vaquero negro ajustado y una musculosa blanca que le apretaba las tetas diminutas. Se había pintado los ojos. Por un segundo me miró. Sus pupilas brillaron en la oscuridad como las de un gato. Estaba con una amiga, de pelo castaño, también maquillada.

Lucifer me codeó.

Estas quieren gresca.

Las chicas se fueron con sus gaseosas hasta la esquina oscura donde estaba el portón del colegio. Nosotros nos sentamos en los troncos que bordeaban el descampado y comimos nuestros patis mientras la luna crecía hacia el centro de la noche. El humo de las parrillas subía en espiral. Nenes de todas las edades pasaban corriendo al lado nuestro mientras los adultos adentro de la carpa aplaudían como rebenques al compás de los tambores y los malambos. Un perro husmeaba en el yuyal buscando restos del banquete chisporroteante que se desgrasaba en las parrillas. Miré la esquina y las chicas estaban ahí, solas, dos sombras sentadas en los bancos de la entrada del colegio. Sentí que una bola helada bajaba despacio desde mi estómago sobre el flujo de sangre hasta enfriarme los huevos.

Vamos, me dijo Lucifer. No seas cagón.

Y tiró la servilleta que le habían dado con el pati y me empujó.

Avanzamos por el camino de lajas que cruzaba el descampado hasta la esquina del colegio. Cuando las chicas vieron que nos acercábamos, se levantaron y se alejaron rápido por la vereda oscura, llena de pinos, que bordeaba el paredón carcelario del colegio. Se reían fuerte.

¿Viste? Al pedo, le dije a Lucifer.

Él me miró de reojo, negando con la cabeza.

Qué tipo infantil que sos.

Y después avanzó por la vereda siguiendo a las chicas.

Yo dudé un segundo. Miré la carpa brillante, allá al fondo del descampado, con la música estallando y los pibes corriendo por todos lados y los viejos sentados que aplaudían y cantaban y el humo, ese humo, subiendo de las parrillas hacia la noche despejada, limpia, llena de estrellas. Eso de un lado y esto del otro: Lucifer prendiendo un cigarrillo, siguiendo a las chicas en la oscuridad. De repente se dio vuelta y me miró. Dale, boludo, ¿qué esperás? Yo fui. Con cada paso que daba sentía que me alejaba un paso de casa. Me alejaba de mi nona, de la iglesia, del fogón de reyes; del único mundo que hasta ese momento había conocido. Era como si la sombra que respiraba mientras lo seguía a mi amigo se me fuera metiendo adentro del cuerpo, tapando esos recuerdos brillantes, sumergiéndolos.

Ellas se habían quedado quietas a mitad de cuadra, apoyadas contra el paredón. Lucifer pasó caminando al lado de ellas sin decirles nada y yo lo imité. De repente Celeste le dijo a la amiga en voz alta: Mirá el de amarillo. Parece un patito. Las dos se largaron a reír. Lucifer me dijo en voz baja: ¿La escuchaste? Está con vos. No dijo nada más hasta que llegamos al poste de luz que había en la otra esquina y me vio la cara.

Pancho. Te descansa porque está con vos.

A mí me parecía difícil creer que una chica como esa, más grande que yo, de la que tanto habían hablado mis compañeros de curso ese año, pudiera gustar de mí, un petiso con bigotes de pelusa, lampiño de cuerpo entero, con la voz medio de gallo. Pero Lucifer se enderezó abajo de la lágrima pálida que caía del poste: Vas a ver.

¿Quieren un cigarrillo?, gritó.

Las pibas hablaron despacio entre ellas. Soltaron unas risitas. Al final la amiga de Celeste dijo:

Dale.

Fuimos. Lucifer adelante. Decidido. Yo un poco más despacio atrás. Las piernas me pesaban. Hasta que estuvimos enfrente y mi amigo sacó otro cigarrillo y lo encendió. Por un segundo me pareció que su encendedor temblaba. ¿Cómo te llamás?, me preguntó Celeste. Te crucé varias veces en el colegio pero nunca me dijeron tu nombre. Ezequiel. ¿Vos? Celeste. Mucho gusto, me dijo, y me dio la mano. Su mano estaba ahí, flotando en la oscuridad, y a mí no me quedó otra que darle la mía. Vos pasaste a octavo, ¿no? Me sorprendió que supiera ese detalle. Sí, arranco este año. ¿Cuántos años tenés? Doce. Qué lindo, me contestó Celeste. Doce años. Es hermoso, ¿sabés? Nunca vas a volver a tener una edad mejor en la vida.

Mientras Celeste y yo hablábamos Lucifer se había alejado algunos metros con la otra piba. Se habían llevado los cigarrillos y fumaban apoyados contra la pared. De vez en cuando se veía el resplandor de las brasas. Celeste se acercó y me puso una mano en la panza. Me gusta tu remera. Me gusta el color. Yo me guardé las manos en los bolsillos. Me la regaló mi vieja. Ella sonrió.

Qué tonto que sos, dijo.

Después acercó la cara. Todo pasó muy rápido. Un segundo antes de que su boca tocara la mía, el tiempo se interrumpió. La dejó a ella frenada a punto de besarme y a mí a punto de recibir el beso. Pero no es que dejara de correr el tiempo, más bien lo que se había frenado era el tiempo lineal, ese que corre como una película, allá afuera, del otro lado de los ojos. El otro tiempo, en cambio, ese que es un embrollo, y que se tuerce y enreda adentro de la cabeza como un cable, seguía vivo. Un par de semanas atrás. Diciembre. Se había terminado el colegio y después de cenar Lucifer y yo salíamos a andar en bici por el barrio. La noche era una palma tibia en nuestras caras. De vez en cuando soplaba el viento. De repente se quedó quieto, mirándome: ¿A vos ya te saltó la leche? Yo no contesté. Me pateó la bici. ¿Qué hacés? ¿Sí o no? Mi nona salió a la vereda.

Eze, gritó, parada en la puerta de su casa.

Desde que mi nono había muerto, soltando el último aliento dormido, como solamente mueren los dioses, mi nona rezaba cada noche el rosario entero antes de irse a dormir, y cuando yo me quedaba en su casa me hacía rezarlo con ella. Me daba un rosario de plástico a mí y ella usaba uno de madera, y a medida que pasaban los ave maría yo movía mi mano de una perla a la otra, rezando a la par de ella, mientras del otro lado de la ventana del comedor se escuchaba el rumor de los autos que pasaban y los gritos de Lucifer boludeando con los otros pibes de la cuadra en la vereda. Yo me sentía cada vez más cansado, pero a veces me despabilaba y levantaba los ojos y encontraba los de mi nona cerrados, repitiendo las oraciones sin vacilar, sin ceder, como si yo no estuviera ahí, entera, suya, apasionada, con el mismo tono enérgico y concentrado con que había pronunciado la primera. Dios te salve, María, llena eres de gracia, el señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre hasta llegar después al padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el.

Entonces sus labios se pegaron a los míos y su lengua empujó mi lengua como una cobra, hurgando mis dientes, recorriendo con la punta mi paladar. Nunca había imaginado que fuera así. Incluso después de saber lo que era, incluso después de haber besado a otras mujeres y de haber perdido mi virginidad, sigo sin poder imaginar lo que es. El beso de Celeste esa noche abrió un portal. Su boca. Su lengua. Sus movimientos. No podía haber una conexión más íntima, más compleja entre dos personas que esa. Y hubiera estado un rato largo tratando de descubrirlo, pero a los pocos minutos una banda de negros del asentamiento pasó caminando por el medio de la calle y Celeste me soltó.

Evaa, amarillo, me gritó uno.

Callate, trolo, le contestó ella.

Los pibes siguieron de largo riéndose, pero al final se quedaron quietos en la otra esquina.

Ahí se terminó nuestra noche.

Otro día nos vemos, me despidió con un pico Celeste.

            Y después de buscar a su amiga fue y se acercó a los pibes.

Con Lucifer volvimos a la carpa. El administrador de la iglesia nos conocía desde que éramos chicos y cuando estábamos llegando a las parrillas nos cruzó. Era un formoseño canoso y petisito, peinado raya al costado, con cara de bonachón.

Tengan cuidado, chicos. Hay muchachas más grandes dando vueltas que se pueden aprovechar de ustedes.

Nuestras nonas seguían en la carpa, mirando el concierto folclórico. Cuando nos acercamos nos preguntaron dónde habíamos estado y nos pidieron que volviéramos a casa con ellas. Nosotros les dijimos que sí, pero después nos alejamos y fuimos a la plaza de una heladería que había a un par de cuadras, enfrente de la Ruta 8, y ahí nos terminamos un paquete de veinte en silencio, mirando los camiones y colectivos que iban y venían, pensando cada uno por su lado.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero para cuando nos quisimos dar cuenta el fogón ya se había desarmado y quedaba muy poca gente en la carpa.

¿Todo bien?, me dijo Lucifer, mientras volvíamos a casa.

Todo en orden, le contesté.

Mi nona, que después de cumplir los doce me había dado un juego de llaves de su casa como regalo simbólico, cuando llegué estaba durmiendo. Yo seguí de largo sin encender ninguna luz y también me acosté.

Me sentía muy cansado, pero estuve varias horas dando vueltas en la cama sin poder dormirme. A veces abría los ojos y sentía en mi boca el olor, el sabor de Celeste. Cada vez que tragaba saliva sentía que estaba tragando la suya. Y, cuando por fin volvía a dormitar, las imágenes y sensaciones del beso se mezclaban con las de la misa. La lengua. Los chetos. Las vírgenes de yeso. Mi nona sentada en el banco del frente. La hostia de la carne de Cristo alzada en las manos del cura Rolando que todos los feligreses miraban paralizados. Dios. Su ícono. El ojo espiando a través de un triángulo. Un ojo. Un triángulo. Celeste. Me toqué la frente. Ardía. La cama estaba enchastrada en sudor. Pensé que debía tener fiebre. Mi mente deliraba. Por momentos me costaba saber si estaba dormido o despierto.

En ese estado me levanté un rato después. Quería mojarme la cabeza. También tenía ganas de pillar. Crucé el pasillo medio mareado, pero antes de entrar al baño di un paso al costado y empujé la puerta de la pieza de mi nona. Ella estaba encorvada en posición fetal, abajo de las sábanas. Se escuchaban sus ronquidos en la oscuridad. El lado donde dormía mi nono vacío. En la pared un Cristo de madera clavado en la cruz, alumbrado apenas por los postes de luz de la calle. Su cara tallada hacia el infinito, con los ojos entornados y la boca abierta, siempre me había parecido una expresión de dolor. Pero esa noche, mirándolo mudo en la sombra, su gesto solamente pudo hacerme pensar en el de Celeste cuando le toqué las tetas y le puse una mano ahí abajo, entre las piernas.

Cerré la puerta de la pieza y abrí la del baño.

Pillé con un brazo apoyado en la pared y la frente apoyada en ese brazo. No podía sacarme esa imagen de la cabeza. Celeste respirando en mi boca. Su cuerpo pegado al mío. Su voz, hablándome al oído despacio. Fue entonces cuando lo sentí. Un calor interno, un reflujo de sangre corriendo en la dirección contraria. Yo ya había terminado de pillar, pero no podía moverme de ahí. El portal seguía abierto; ahora podía ver lo que había del otro lado. Era algo magnético. Me gustaba sentirlo, y al mismo tiempo me aterrorizaba. Mi mano parecía la de un extraño. Me latía muy fuerte el corazón. Quería llegar al otro lado, pero también no llegar nunca. Había escuchado lo que era. Pero nunca hasta esa noche, hasta ese baño, me había pasado.

Cuando salí me temblaba el cuerpo entero. Creí que iba a estar despierto toda la noche, aturdido por la visión. Pero apenas volví a acostarme descansé. Cerré los ojos y resbalé hacia el sueño como una hoja en el agua. Tenía la cabeza vacía de Celeste. La fiebre había bajado.







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