sábado, 25 de noviembre de 2017


El conurbano nórdico





Aviso que voy a “spoilear”. Y que la vi en el cine. La más bizarra de las escenas que jamás haya visto en un cine. Un tipo haciendo una perfomance artística en una cena de gala llena de benefactores de un museo sueco bacán (al estilo de lo que sería el Malba porteño). El rol del actor: el del “hombre-gorila”. Se hace el mono intimidando a los aristócratas que solventan su propia actuación y que lo miran con una complicidad risueña al principio, pero que después, cuando el “hombre-gorila” se va de mambo y le rompe la copa a uno de los comensales, poco a poco empiezan a incomodarse.

Empiezan a darse cuenta de que el hombre, el artista, dejó de estar ahí. De que el tipo realmente está sacado. Ni siquiera el Curador del museo lo puede aplacar. Y el tipo en cuestión es fibroso, tosco, un albañil de músculos hipertrofiados, todo sudado, dispuesto a comerse las entrañas de sangre azul de los que están ahí encerrados en la jaula de su alcurnia. La aprensión colectiva entonces es tal que todos agachan la cabeza. Esto ya no es una broma: esto va en serio. Recién cuando el “hombre-gorila” trata de violar a una mujer salta un gordo de traje. El linchamiento que sobreviene después es uno de los varios cabos sueltos simbólicos que a la postre te deja sobrevolando en la cabeza la película.

Por tratar de atar esos mismos cabos fue que después googleé al director Ruben Östlund apenas volví a mi casa. Descubrí que ya había visto una película suya, deliciosa, tan tragicómica como “The Square”, aunque en otro tono: “Force majeure”. No la había olvidado, lo que me dio la pauta de que había sido realmente buena, aunque nunca imaginé después de verla que formara parte de un verdadero proyecto estético. Me permito ser tilingo en este punto: fui a ver “The Square” al cine solo porque ganó este año la Palma de Oro en Cannes. Me he comido más de un chasco por este vicio. Por lo general porque más que premiar una película en sí lo que Cannes premia es la trayectoria previa de un creador. Con lo cual lo que uno se encuentra muchas veces es con la resaca.

Ahí están Koach y Kiarostami para servir de ejemplo. Sus películas “menores” son mucho más valiosas que las que finalmente terminaron por ser galardonadas. Tal como pasa con los escritores con el Nobel, Cannes parece reconocer con su premio más importante el recorrido. Por eso buceé en lo que había hecho antes este tal Östlund. Quizás con otro director no lo hubiera hecho. Pero en su caso no podía dejar de pensar en la mente tan siniestra como desparpajada que necesariamente debía haber atrás de una escena como la del “hombre-gorila”. Así fue como me terminé encontrando con otra película, una que había filmado en el 2011: “Play”. La premisa era tan devastadora como tentadora: la historia real de unos nenes negros, hijos de inmigrantes, que en Suecia fueron juzgados por intimidar y secuestrar “psicológicamente”, sin ejercer violencia explícita, a varios chicos suecos.

He visto muchas películas en este 2017, pero ninguna, puedo decir hoy, está a la altura de la que vi ayer cuando me puse a mirar “Play”. “Play” describe como ninguna película argentina lo supo hacer hasta el momento lo que es el conflicto de clases en el conurbano. Lo que en Suecia con la inmigración representa una anomalía social reciente, a tal punto que la película (2011) generó todo un debate allá, en el conurbano se trata de un bardo masivo, cocinado a fuego lento desde hace décadas. Un bullying que trata de disculpar el superyó del progresismo virtual de las redes sociales, por lo general porteño, aquel que precisamente no lo padece, y que básicamente consiste en que banditas de negros del fondo, con calle y con saña y con hambre, se comen física y psíquicamente en los barrios a los “suequitos” de la clase media.

Son el “hombre-gorila” que en un colectivo o en un tren atropellan las normas sociales, dejando al resto de los pasajeros mirando el piso como quinceañeras. En la película está claro que los suecos no saben cómo pararse, que Europa entera no sabe cómo pararse frente al nuevo status quo que instala la inmigración (¿qué sentir?, ¿compasión?, ¿desprecio?; ¿qué separa a la compasión del desprecio?). ¿Qué separa al desprecio del miedo? Los negros actúan tan bien, tan bien también actúan los rubicundos suequitos, que la tensión te endurece las vértebras como si fueras vos el que del otro lado de la pantalla de vidrio estuviera soportando todo ese mar inmenso de mierda y sufrimiento.

Es una película claramente hanekeana, en el sentido de que fue el director austríaco el primer cineasta en instalar incisivamente en Europa el conflicto de la inmigración en términos micro cotidianos, y en el sentido de que su película “Funny Games” reprodujo como nunca antes se había hecho la naturaleza del psicopateo criminal, indisociable del que se observa en los negros de “Play”, capaces de obligar a una de sus víctimas a hacer casi cien flexiones con la promesa de que si las hacía completas lo iban a dejar en paz.


Pero hay que decirlo. Aunque Haneke sea probablemente el mejor cineasta que haya parido el mundo desde la muerte de Bergman, este tal Östlund maneja con una sutileza mucho más humorística, mucho más desabrigada, varios de sus dilemas. No le preocupa ser políticamente correcto. No defiende a los negros con panfletos humanistas. Es más nórdico que Haneke; se caga en la conmiseración. Muestra a sus personajes tal como son. La amplitud sociológica, política, de su mirada, está en todo caso en los detalles: las pulcras oficinistas nórdicas que limpian las manchas que uno de los chicos abusados, descendiente de asiáticos, deja en una puerta de vidrio después de apoyar las manos; la manera en que en un colectivo nadie reacciona ni cuando los negros empiezan a boludear a un pasajero ni cuando después les dan una tunda; o lo que pasa en un tren con una cuna de madera apoyada en el pasillo entre dos vagones. Por los altoparlantes se le solicita al infractor que la saque de ese lugar porque impide el libre desplazamiento de los pasajeros (leit motiv que funciona a modo de descanso en la tensión a todo lo largo del relato). Al ver que nadie se hace cargo, el guarda ya la está sacando hasta que una colega suya se acerca al trote y le dice que quizás el dueño de la cuna no es sueco, que antes de desecharla deberían transmitir el mensaje por los altoparlantes en inglés. Solamente al final nos enteramos de que la cuna en cuestión es de uno de los pibitos chorros, que viaja solo en el tren con su hermano menor. 




No hay comentarios: