martes, 4 de diciembre de 2018




Buenas nuevas. Un cuento del blog seleccionado para participar de la antología de audiocuentos de la nueva narrativa argentina. Sale el año que viene. El cuento se llama "Tormenta".








jueves, 29 de noviembre de 2018

paula está enamorada de otro




Cuando me desperté el tipo estaba ahí. Estirado todo a lo largo de la cama en forma perpendicular a mí y a Paula. Lo vi alumbrado por la luz de mi teléfono (lo había levantado para fijarme la hora; las cuatro de la mañana; desde hacía varias semanas siempre me despertaba sobresaltado a esa hora, como si alguien me hubiera sacudido del hombro). Pegué un salto y me paré a un costado. Él se llevó un índice a la boca. Tranquilo, dijo, notando mi desconcierto; no hagas lío que la podés despertar. Cerré los ojos. Volví a abrirlos. El tipo seguía ahí. Se había encorvado encima de la cama, y ahora estaba inmóvil, con la espalda tensa como un gato en estado de alerta. Solamente cuando notó que hacía el ademán de prender la lámpara estiró un brazo y me agarró. Esperá. Me descolocó que su voz sonara idéntica a la mía, pero me lo saqué de encima y prendí la luz igual. Fue raro. La única noción que yo tenía de mi aspecto físico venía de haberme visto en espejos, videos o fotos, y habría podido creer que era una noción bastante precisa. Pero cuando la luz lo alumbró y reconocí en el tipo mi cara, mi pelo, mi cuerpo, incluso la misma ropa que yo tenía puesta, la sensación de extrañeza fue bastante profunda; no se parecía en nada a lo que yo imaginaba que podía ser verme a mí mismo desde los ojos de otro. Lo vi levantarse, acercarse en puntas de pie: Apagala. Apagala. Y señalando a Paula: Se va a despertar. Miré la cama, ella seguía dormida, su respiración mansa y sigilosa apenas le inflaba la panza. El tipo aprovechó mi distracción para apagar la luz. Volví a empujarlo; quise decirle algo, pero no se me ocurrió qué decirle. Supe que él tenía el control del asunto. Por lo menos se manejaba como si la situación fuera normal o como si a pesar de su anormalidad tuviera muy en claro sus objetivos. Más cuando se enderezó despacio, sin sacarse el índice de la boca, y me susurró: Solamente vine para decirte algo, antes de que se despierte. Y bajó todavía más la voz: Paula está enamorada de otro. Aunque por la penumbra se veía poco y nada, me pareció percibir un espasmo en sus labios; quizás una sonrisa, quizás un gesto de afirmación; quizás solamente una mueca tibia, indulgente, embarrada de lástima. Me estoy volviendo loco, pensé. Estoy perdiendo la cabeza. Y él, como si pudiera leerme el pensamiento: No, no te estás volviendo loco. En realidad todo es muy simple. Me llevé una mano a la boca y me mordí un dedo. Lo mordí fuerte. Ah, dijo él. Volví a morderlo y de nuevo: Pará, dijo. Fue una revelación. Además de escuchar lo que pensaba, el tipo al parecer también podía sentir lo que yo sentía. Y, ni bien lo asimilé, vi que se acercaba un paso más. ¿Me escuchaste?, dijo. Paula está enamorada de otro. Miré a un costado. Ella seguía durmiendo. Tengo que despertarla, pensé. Y él: Ni se te ocurra. Pero la idea ya se me había ocurrido y estaba en eso cuando el tipo me cruzó un brazo, frenándome. Dejá que la despierto yo. Sonreí. ¿Qué? Que yo la despierto. Una frase se instaló en mi cerebro: Paula es mi novia. Él no movió un pelo. Pude sentir la prepotencia de su aliento cuando me dijo: ¿No te interesa saber de quién está enamorada? Me interesaba. Para eso quiero despertarla, pensé. Él entonces me soltó. Yo te lo ahorro, dijo, y de nuevo me pareció notar una mueca en sus labios mientras inflaba los hombros y estiraba los brazos a lo largo del cuerpo: De mí. Paula está enamorada de mí. Hubo un silencio. Tres o cuatro segundos. Después solté una risita. Él debía saber lo que yo estaba pensando. Pero no me dijo nada. En lugar de eso vi que se recostaba en la cama, en el exacto punto donde algunos minutos atrás había estado durmiendo yo, y que sacudía el hombro de Paula hasta despertarla. Vi que ella se daba vuelta. Que con los ojos cerrados lo abrazaba. Que le daba un beso en la boca. Que le cruzaba una pierna por encima de las caderas. Se me hizo un vacío. Como un pozo. Paula seguía besándolo medio dormida. Esa forma de besar de Paula, lenta, agónica; ese beso que había sido mío tantas veces, que tantas veces había crecido en mi boca. En un último rapto de lucidez traté de meterme. De despabilarla. De avisarle que ese tipo no era yo; que en ese momento estaba besando a otro. Pero cuando me incliné encima de ella y abrí la boca, de mi boca no salió nada. Grité. Grité fuerte. Grité como para que me escucharan hasta en el último piso del edificio; grité como para que de las ramas de los árboles de la vereda salieran volando todos los pájaros. Pero en la pieza el silencio seguía siendo absoluto; apenas se escuchaba el roce de los labios de Paula deslizándose sobre los del tipo despacio. Quise agarrarlo, levantarlo, sacarlo de la cama; quise encender la luz para que ella me viera y se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Pero no pude hacer ni una cosa ni la otra: en ese momento descubrí que había perdido el control de mi cuerpo. Que esa entidad en la que mi consciencia y mis sentidos flotaban había dejado de ser mía. Paula seguía entrelazada con el extraño, acariciándolo, besándolo; podía notar, inclinado a un costado, que se decían cosas al oído. Que se sonreían. Que se miraban. Entonces esa entidad en la que estaba encerrado me arrastró hasta el borde de la cama y me estiró sobre el colchón en forma perpendicular a ellos, a escasos centímetros de sus pies. Esa misma entidad me cerró los párpados. Se equivoca, pensé. Ella está enamorada de mí. Pero en ese momento no me dio la sensación de que al tipo le siguiera interesando lo que yo del otro lado de la cama estaba pensando.  





domingo, 29 de abril de 2018



Buenas noticias. Un cuento del blog publicado en La Agenda de Buenos Aires en el siguiente link.



 

jueves, 19 de abril de 2018



Breve idilio con Vargas Llosa




En su momento (creo que cuando andaba por los veinte) “La ciudad y los perros” y “Los cachorros” fueron una paliza. Después lo dejé de leer. Facultad; otros autores; quizás también inconscientemente influido por la tierra que le tiraban de todos lados, gente del tupper de la literatura que denostaba su ideología conservadora o los rulos faranduleros de su vida sentimental. Hasta que hace varios años, en plena vorágine del Nobel, alguien me prestó “Conversación en la catedral”: Leete esto. Nunca vi nada igual. Tenía una fe ciega en el consejo de esta persona, y por eso le puse garra al asunto, pero por más que tratara y tratara no podía avanzar. Me costaba entrarle al ritmo, a la textura barroca; me desmoralizaban por sobre todo las casi seiscientas páginas viscosas, como empapadas de verdín, que me esperaban atrás. Intenté varias veces a lo largo de esos años. Creo que llegué dos o tres veces a pasar de la página cincuenta, incluso encontré marcas en la página cien, pero cada vez que lo retomaba ya no me acordaba nada de lo que había pasado hasta ese punto y tenía que empezarlo de nuevo. Al fin este verano me mandé. No tenía nada que leer, tampoco un mango para comprarme nada nuevo, y volví a arrancarlo por vez enésima pero ahora sin ninguna presión de por medio, ya depurado de ese impulso masoquista que antes me obligaba a terminar lo que empezaba aunque fuera a costa de largos intervalos y lamentables esfuerzos. Si no me gusta ya está. Lo descuelgo de ese edificio temerario de libros pendientes que hace equilibrio en mi mesita de luz y lo extradito a la biblioteca, a esa suerte de panteón decorativo burgués adonde los libros van para morirse. 

Y no sé cómo fue, ni tampoco me lo esperaba, pero a la semana, semana y pico, yo ya estaba adentro. Ya estaba adentro de Conversación de verdad, como hacía tiempo no me pasaba con ninguna novela. Mientras avanzaba no quería googlear nada, ni sobre su fidelidad histórica ni sobre su contexto de producción, para no romper el hechizo. Se notaba mucho, muchísimo, Faulkner; pero lo que más se notaba era la libertad: nunca hasta ese momento había leído algo de apariencia tan caótica que fuera al mismo tiempo tan inteligible; en Conversación Vargas Llosa hace lo que se le cantan los huevos, alternando voces, escenas y tiempos distintos en la racha de una media página y así y todo, por más inverosímil que suene, se lo sigue. Esa misma ostentación digamos técnica que las veces anteriores me había hecho soltar el libro casi con rechazo (era como si el autor agarrara la pelota en medio del partido y se pusiera a hacer jueguitos) ahora me parecía tan fascinante como imprescindible: el pasado, el presente y el futuro se imbrican y el sórdido destino de Cayo Bermudez (un milico de provincia maquiavélico; el psicópata mejor construido que haya encontrado alguna vez en un texto literario, a tal punto que por momentos su magnetismo se roba la novela) prefigura el de Zavalita, el joven idealista y burgués. A pesar de estar parados en veredas opuestas, el texto termina insinuando que los dos están hechos de la misma madera; son nihilistas, son orgullosos, son parcos, son tristes (nunca en todo el desarrollo les conocemos una sonrisa). 

Conversación no es un libro que le recomendaría a nadie por los mismos motivos que me hicieron postergarlo a mí: da paja. Pero cuando lo terminé sentí que había valido la pena cada micro segundo de lectura; que había sido una experiencia tan intensa como lo podría ser cualquier otra de la vida real. Vargas Llosa la escribió cuando apenas tenía treinta y tres años (al final entré a Wikipedia), y quedé tan manija que fui directo a buscar otra novela suya, apuntando a alguna que hubiera escrito en su periodo de madurez. Ahí entonces “La fiesta del chivo”, del 2000. Se nota el tiempo, la libido reposada de la senectud; se nota a un autor, ya promediando los sesenta, que baja varios cambios, sin ese pulso romántico y juvenil, casi desaforado, que hincha la correntada de Conversación; en La fiesta por momentos la prosa es tan regular y precisa que más bien parece robótica. No te arrastra como un río, no, pero se nota el esfuerzo probo en la documentación, la honestidad con que el tipo encaró el proyecto, y hacia el último tercio de la novela los cabos que durante el desarrollo se venían atando ya se desatan y entonces sobrevienen escenas de una crudeza tan asfixiante que es imposible no recorrerlas con la boca entreabierta y una punzada de tensión revolviéndote el estómago. Terminé de leerla ayer y no me avergüenza confesar que enfrentado al desenlace me ardieron los ojos como cuando los abrís en una pileta con cloro y que una cascada de escalofríos me recorrió la columna en sucesivas oleadas, efectos físicos de la experiencia estética. Urania, una mujer adulta, moderna, profesional, independiente, que trabaja en una corporación de Nueva York, se termina quebrando enfrente de sus familiares dominicanos, a los que va a visitar a la isla después de casi treinta años sin verlos, mientras les confiesa el porqué de su alejamiento: lo que su padre le hizo cuando ella solamente tenía catorce años; lo que a manos de su padre le terminó haciendo, como al resto del país, Trujillo. Suena a escena de telenovela mexicana, pero se trata de Vargas Llosa y sensiblería no hay nunca; lo que hay es emoción.




viernes, 9 de febrero de 2018




Molly´s game: el machismo según Sorkin






Hay gente a la que uno sigue sin darse cuenta, gente protegida por la ignorancia propia o el anonimato mediático. Me di cuenta de esto después de ver “Molly´s game”. Me gustó tanto que busqué quién era el director, que a la larga resultó ser también el guionista, y solamente cuando lo googleé descubrí que el tipo también había escrito otra película que pocos meses atrás realmente me había pegado, al punto de que volví a verla entera de nuevo. Era sobre Steve Jobs, y así se llamaba: “Steve Jobs”. 

En “Steve Jobs” hay un diálogo final inolvidable. El genio, el gran arquitecto de la computación global, le pide perdón a la hija admitiendo en la terraza de un edificio, antes de presentar el último modelo de la Apple: “Fui mal construido”. 

La película en general rebosa de largos planos secuencia plagados de largos diálogos que tienen la virtud de ser inteligentes y a la vez sustanciales desde el punto de vista de la trama, evitando con cintura tanto los lugares comunes como los parpadeos impostados de la ficción: los personajes verbalmente se están cagando a palos pero no dudan, no trastabillan; es increíble cómo por lo general ningún ser humano duda cuando están en juego cargas tan poderosas, y que este tipo a través de sus diálogos lo sepa reflejar.

“Molly´s game”, una suerte de “El lobo de Wall Street” versión femenina, pone sobre la mesa el tema en boga de la agenda mediática yanqui, que puede extrapolarse al resto de sus provincias del hemisferio occidental: el rol de la mujer en el contexto de una sociedad patriarcal. Así como el año pasado el debate giraba en torno a la marginación de los negros, este año las grandes películas norteamericanas acusan un palazo al machismo: “The post”, “Tres anuncios…”, “Battle of the sex”, entre otras. 

Pero hay una escena en “Molly´s game”, comparable a la de la terraza en “Steve Jobs”, que denuncia con una sutileza inigualable ese punto. Padre e hija (parece un tema recurrente en el autor) conversan en un parque. Él, psicólogo de prestigio, hormonal y autoritario, trata de reducirla en el intercambio con un recurso patético. Le dice: Todo lo que hiciste en tu vida fue para someter a hombres poderosos. Da por sentado que el hombre poderoso en la vida de su hija es él. Lo que sigue después es un temblor de inteligencia, vigor emocional y lástima que me llamó tanto la atención que por eso al final googleé al director: Aaron Sorkin.

Su película no tiene nada que envidiarle a “Tres anuncios…”, la destinada a ganar el Oscar. Fluye, es punzante, y tanto el negro como Chastain la descosen. Y la yapa: hay una perla en la intro para todos los futboleros del país que me dio hernia de corazón y que me compró de entrada.





sábado, 6 de enero de 2018



The room: el absurdo en el sistema







Hay algo siniestro en “The room” (2003), algo difícil de extrapolar, digamos, pero que se percibe, se intuye con nitidez en toda la película, como el rastro en la garganta de una birra casera poderosa una tarde de resaca. Yo la conocí hace poco, gracias a que el homenaje de James Franco la puso en el centro de la vorágine mediática. Leí que es considerada una película de culto entre cinéfilos y hipsters, leí que es referenciada como “la mejor peor película de la historia”. No creí del todo en el oxímoron hasta que la vi. Era cierto. Las pésimas actuaciones, los pésimos diálogos, el pésimo armado de la trama y los múltiples errores de continuidad y de encuadre tenían un encanto magnético: el encanto de la inconsciencia absoluta. Tommy Wiseau, director, productor, guionista y actor principal de la película invirtió casi seis millones de dólares de su bolsillo para hacer realidad su sueño, y resulta un personaje entrañable en la medida en que en ningún momento parece comprender el despropósito de su empresa. Como a todo narcisista de cepa, lo mueve una ingenuidad genuina. Y el resultado está ahí: un drama involuntariamente cómico. 

Pero no es por ese lado donde me pegó "The room". En primera instancia es cierto que hace reír, es cierto que enternece y que a la vez estimula la mala leche del cinismo, pero después de verla algo se me quedó trabado en el humor, en el estómago, una sensación. Hay reglas en el arte, normas que los artistas conscientes de sus elementos respetan o manipulan, siempre con el mango de la sartén a mano. Puede salir mal, puede salir bien, pero incluso dentro de la mediocridad, incluso dentro de la peor mediocridad, se respira la conciencia, la norma, el elogio de la cordura. 

En “The room” en cambio no. Hay un formato, un molde legible, pero la madera adentro es de un absurdo incisivo, de una inconsistencia violenta, que pone en jaque o por lo menos enseña el revés de esas normas elementales, como si las subrayara desde la negación, como si mostrara la farsa del artificio desde la inadecuación a ese artificio. "The room" es como esos locos que hablan solos por la calle: un lapsus en el sistema que protegida por la inocencia y por la libertad revela el absurdo del sistema en general. Y no sé muy bien lo que quiero decir, pero con una mano en el corazón fue algo más extraño, algo más siniestro lo que sentí mientras la miraba, al punto de que esa atmósfera onírica me recargó el subconsciente y a la noche tuve pesadillas aleatorias, demenciales; visiones extravagantes y ridículas que antes de ver la película no estaban en mí. Y quizás fue solamente una mala noche, puede ser eso, nada que ver con "The room"; pero al otro día estaba en la rutina de nuevo y esperando el bondi pensé que la vida, la vida real, con sus meses y sus carteles y sus semáforos, también tiene pautas, también tiene normas, y todo parece adecuado, cada media en su cajón, cada hábito en su casillero, hasta que pasa algo como esta película y todo parece desplomarse, salirse de eje, se revela que el sistema entero es un chiste pesadillesco, la identidad, el nombre, el documento, una abstracción de una inconsciencia absoluta que absorbe, que oprime, que revienta la libertad de la cabeza cada segundo durante toda la vida. Y lo más siniestro de todo es que estas cosas anormales, fuera de serie, pasan todo el tiempo, están ahí, son el pan de cada día, nada más que verlas es difícil. Pero no estoy seguro de que sea eso lo que haya querido decir.

Hace poco un James Franco sacrílego en su personificación de Tommy Wiseau sacó una película que narra el proceso de producción de “The room”, un precioso homenaje en clave cómica pero que a mí más bien me sonó a un intento desesperado por tratar de comprender ese grito desconcertante en el desierto que es la película de Wiseau. Se llama “The disaster artist”.