sábado, 6 de enero de 2018



The room: el absurdo en el sistema







Hay algo siniestro en “The room” (2003), algo difícil de extrapolar, digamos, pero que se percibe, se intuye con nitidez en toda la película, como el rastro en la garganta de una birra casera poderosa una tarde de resaca. Yo la conocí hace poco, gracias a que el homenaje de James Franco la puso en el centro de la vorágine mediática. Leí que es considerada una película de culto entre cinéfilos y hipsters, leí que es referenciada como “la mejor peor película de la historia”. No creí del todo en el oxímoron hasta que la vi. Era cierto. Las pésimas actuaciones, los pésimos diálogos, el pésimo armado de la trama y los múltiples errores de continuidad y de encuadre tenían un encanto magnético: el encanto de la inconsciencia absoluta. Tommy Wiseau, director, productor, guionista y actor principal de la película invirtió casi seis millones de dólares de su bolsillo para hacer realidad su sueño, y resulta un personaje entrañable en la medida en que en ningún momento parece comprender el despropósito de su empresa. Como a todo narcisista de cepa, lo mueve una ingenuidad genuina. Y el resultado está ahí: un drama involuntariamente cómico. 

Pero no es por ese lado donde me pegó "The room". En primera instancia es cierto que hace reír, es cierto que enternece y que a la vez estimula la mala leche del cinismo, pero después de verla algo se me quedó trabado en el humor, en el estómago, una sensación. Hay reglas en el arte, normas que los artistas conscientes de sus elementos respetan o manipulan, siempre con el mango de la sartén a mano. Puede salir mal, puede salir bien, pero incluso dentro de la mediocridad, incluso dentro de la peor mediocridad, se respira la conciencia, la norma, el elogio de la cordura. 

En “The room” en cambio no. Hay un formato, un molde legible, pero la madera adentro es de un absurdo incisivo, de una inconsistencia violenta, que pone en jaque o por lo menos enseña el revés de esas normas elementales, como si las subrayara desde la negación, como si mostrara la farsa del artificio desde la inadecuación a ese artificio. "The room" es como esos locos que hablan solos por la calle: un lapsus en el sistema que protegida por la inocencia y por la libertad revela el absurdo del sistema en general. Y no sé muy bien lo que quiero decir, pero con una mano en el corazón fue algo más extraño, algo más siniestro lo que sentí mientras la miraba, al punto de que esa atmósfera onírica me recargó el subconsciente y a la noche tuve pesadillas aleatorias, demenciales; visiones extravagantes y ridículas que antes de ver la película no estaban en mí. Y quizás fue solamente una mala noche, puede ser eso, nada que ver con "The room"; pero al otro día estaba en la rutina de nuevo y esperando el bondi pensé que la vida, la vida real, con sus meses y sus carteles y sus semáforos, también tiene pautas, también tiene normas, y todo parece adecuado, cada media en su cajón, cada hábito en su casillero, hasta que pasa algo como esta película y todo parece desplomarse, salirse de eje, se revela que el sistema entero es un chiste pesadillesco, la identidad, el nombre, el documento, una abstracción de una inconsciencia absoluta que absorbe, que oprime, que revienta la libertad de la cabeza cada segundo durante toda la vida. Y lo más siniestro de todo es que estas cosas anormales, fuera de serie, pasan todo el tiempo, están ahí, son el pan de cada día, nada más que verlas es difícil. Pero no estoy seguro de que sea eso lo que haya querido decir.

Hace poco un James Franco sacrílego en su personificación de Tommy Wiseau sacó una película que narra el proceso de producción de “The room”, un precioso homenaje en clave cómica pero que a mí más bien me sonó a un intento desesperado por tratar de comprender ese grito desconcertante en el desierto que es la película de Wiseau. Se llama “The disaster artist”.   






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