jueves, 19 de abril de 2018



Breve idilio con Vargas Llosa




En su momento (creo que cuando andaba por los veinte) “La ciudad y los perros” y “Los cachorros” fueron una paliza. Después lo dejé de leer. Facultad; otros autores; quizás también inconscientemente influido por la tierra que le tiraban de todos lados, gente del tupper de la literatura que denostaba su ideología conservadora o los rulos faranduleros de su vida sentimental. Hasta que hace varios años, en plena vorágine del Nobel, alguien me prestó “Conversación en la catedral”: Leete esto. Nunca vi nada igual. Tenía una fe ciega en el consejo de esta persona, y por eso le puse garra al asunto, pero por más que tratara y tratara no podía avanzar. Me costaba entrarle al ritmo, a la textura barroca; me desmoralizaban por sobre todo las casi seiscientas páginas viscosas, como empapadas de verdín, que me esperaban atrás. Intenté varias veces a lo largo de esos años. Creo que llegué dos o tres veces a pasar de la página cincuenta, incluso encontré marcas en la página cien, pero cada vez que lo retomaba ya no me acordaba nada de lo que había pasado hasta ese punto y tenía que empezarlo de nuevo. Al fin este verano me mandé. No tenía nada que leer, tampoco un mango para comprarme nada nuevo, y volví a arrancarlo por vez enésima pero ahora sin ninguna presión de por medio, ya depurado de ese impulso masoquista que antes me obligaba a terminar lo que empezaba aunque fuera a costa de largos intervalos y lamentables esfuerzos. Si no me gusta ya está. Lo descuelgo de ese edificio temerario de libros pendientes que hace equilibrio en mi mesita de luz y lo extradito a la biblioteca, a esa suerte de panteón decorativo burgués adonde los libros van para morirse. 

Y no sé cómo fue, ni tampoco me lo esperaba, pero a la semana, semana y pico, yo ya estaba adentro. Ya estaba adentro de Conversación de verdad, como hacía tiempo no me pasaba con ninguna novela. Mientras avanzaba no quería googlear nada, ni sobre su fidelidad histórica ni sobre su contexto de producción, para no romper el hechizo. Se notaba mucho, muchísimo, Faulkner; pero lo que más se notaba era la libertad: nunca hasta ese momento había leído algo de apariencia tan caótica que fuera al mismo tiempo tan inteligible; en Conversación Vargas Llosa hace lo que se le cantan los huevos, alternando voces, escenas y tiempos distintos en la racha de una media página y así y todo, por más inverosímil que suene, se lo sigue. Esa misma ostentación digamos técnica que las veces anteriores me había hecho soltar el libro casi con rechazo (era como si el autor agarrara la pelota en medio del partido y se pusiera a hacer jueguitos) ahora me parecía tan fascinante como imprescindible: el pasado, el presente y el futuro se imbrican y el sórdido destino de Cayo Bermudez (un milico de provincia maquiavélico; el psicópata mejor construido que haya encontrado alguna vez en un texto literario, a tal punto que por momentos su magnetismo se roba la novela) prefigura el de Zavalita, el joven idealista y burgués. A pesar de estar parados en veredas opuestas, el texto termina insinuando que los dos están hechos de la misma madera; son nihilistas, son orgullosos, son parcos, son tristes (nunca en todo el desarrollo les conocemos una sonrisa). 

Conversación no es un libro que le recomendaría a nadie por los mismos motivos que me hicieron postergarlo a mí: da paja. Pero cuando lo terminé sentí que había valido la pena cada micro segundo de lectura; que había sido una experiencia tan intensa como lo podría ser cualquier otra de la vida real. Vargas Llosa la escribió cuando apenas tenía treinta y tres años (al final entré a Wikipedia), y quedé tan manija que fui directo a buscar otra novela suya, apuntando a alguna que hubiera escrito en su periodo de madurez. Ahí entonces “La fiesta del chivo”, del 2000. Se nota el tiempo, la libido reposada de la senectud; se nota a un autor, ya promediando los sesenta, que baja varios cambios, sin ese pulso romántico y juvenil, casi desaforado, que hincha la correntada de Conversación; en La fiesta por momentos la prosa es tan regular y precisa que más bien parece robótica. No te arrastra como un río, no, pero se nota el esfuerzo probo en la documentación, la honestidad con que el tipo encaró el proyecto, y hacia el último tercio de la novela los cabos que durante el desarrollo se venían atando ya se desatan y entonces sobrevienen escenas de una crudeza tan asfixiante que es imposible no recorrerlas con la boca entreabierta y una punzada de tensión revolviéndote el estómago. Terminé de leerla ayer y no me avergüenza confesar que enfrentado al desenlace me ardieron los ojos como cuando los abrís en una pileta con cloro y que una cascada de escalofríos me recorrió la columna en sucesivas oleadas, efectos físicos de la experiencia estética. Urania, una mujer adulta, moderna, profesional, independiente, que trabaja en una corporación de Nueva York, se termina quebrando enfrente de sus familiares dominicanos, a los que va a visitar a la isla después de casi treinta años sin verlos, mientras les confiesa el porqué de su alejamiento: lo que su padre le hizo cuando ella solamente tenía catorce años; lo que a manos de su padre le terminó haciendo, como al resto del país, Trujillo. Suena a escena de telenovela mexicana, pero se trata de Vargas Llosa y sensiblería no hay nunca; lo que hay es emoción.




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