jueves, 29 de noviembre de 2018

paula está enamorada de otro




Cuando me desperté el tipo estaba ahí. Estirado todo a lo largo de la cama en forma perpendicular a mí y a Paula. Lo vi alumbrado por la luz de mi teléfono (lo había levantado para fijarme la hora; las cuatro de la mañana; desde hacía varias semanas siempre me despertaba sobresaltado a esa hora, como si alguien me hubiera sacudido del hombro). Pegué un salto y me paré a un costado. Él se llevó un índice a la boca. Tranquilo, dijo, notando mi desconcierto; no hagas lío que la podés despertar. Cerré los ojos. Volví a abrirlos. El tipo seguía ahí. Se había encorvado encima de la cama, y ahora estaba inmóvil, con la espalda tensa como un gato en estado de alerta. Solamente cuando notó que hacía el ademán de prender la lámpara estiró un brazo y me agarró. Esperá. Me descolocó que su voz sonara idéntica a la mía, pero me lo saqué de encima y prendí la luz igual. Fue raro. La única noción que yo tenía de mi aspecto físico venía de haberme visto en espejos, videos o fotos, y habría podido creer que era una noción bastante precisa. Pero cuando la luz lo alumbró y reconocí en el tipo mi cara, mi pelo, mi cuerpo, incluso la misma ropa que yo tenía puesta, la sensación de extrañeza fue bastante profunda; no se parecía en nada a lo que yo imaginaba que podía ser verme a mí mismo desde los ojos de otro. Lo vi levantarse, acercarse en puntas de pie: Apagala. Apagala. Y señalando a Paula: Se va a despertar. Miré la cama, ella seguía dormida, su respiración mansa y sigilosa apenas le inflaba la panza. El tipo aprovechó mi distracción para apagar la luz. Volví a empujarlo; quise decirle algo, pero no se me ocurrió qué decirle. Supe que él tenía el control del asunto. Por lo menos se manejaba como si la situación fuera normal o como si a pesar de su anormalidad tuviera muy en claro sus objetivos. Más cuando se enderezó despacio, sin sacarse el índice de la boca, y me susurró: Solamente vine para decirte algo, antes de que se despierte. Y bajó todavía más la voz: Paula está enamorada de otro. Aunque por la penumbra se veía poco y nada, me pareció percibir un espasmo en sus labios; quizás una sonrisa, quizás un gesto de afirmación; quizás solamente una mueca tibia, indulgente, embarrada de lástima. Me estoy volviendo loco, pensé. Estoy perdiendo la cabeza. Y él, como si pudiera leerme el pensamiento: No, no te estás volviendo loco. En realidad todo es muy simple. Me llevé una mano a la boca y me mordí un dedo. Lo mordí fuerte. Ah, dijo él. Volví a morderlo y de nuevo: Pará, dijo. Fue una revelación. Además de escuchar lo que pensaba, el tipo al parecer también podía sentir lo que yo sentía. Y, ni bien lo asimilé, vi que se acercaba un paso más. ¿Me escuchaste?, dijo. Paula está enamorada de otro. Miré a un costado. Ella seguía durmiendo. Tengo que despertarla, pensé. Y él: Ni se te ocurra. Pero la idea ya se me había ocurrido y estaba en eso cuando el tipo me cruzó un brazo, frenándome. Dejá que la despierto yo. Sonreí. ¿Qué? Que yo la despierto. Una frase se instaló en mi cerebro: Paula es mi novia. Él no movió un pelo. Pude sentir la prepotencia de su aliento cuando me dijo: ¿No te interesa saber de quién está enamorada? Me interesaba. Para eso quiero despertarla, pensé. Él entonces me soltó. Yo te lo ahorro, dijo, y de nuevo me pareció notar una mueca en sus labios mientras inflaba los hombros y estiraba los brazos a lo largo del cuerpo: De mí. Paula está enamorada de mí. Hubo un silencio. Tres o cuatro segundos. Después solté una risita. Él debía saber lo que yo estaba pensando. Pero no me dijo nada. En lugar de eso vi que se recostaba en la cama, en el exacto punto donde algunos minutos atrás había estado durmiendo yo, y que sacudía el hombro de Paula hasta despertarla. Vi que ella se daba vuelta. Que con los ojos cerrados lo abrazaba. Que le daba un beso en la boca. Que le cruzaba una pierna por encima de las caderas. Se me hizo un vacío. Como un pozo. Paula seguía besándolo medio dormida. Esa forma de besar de Paula, lenta, agónica; ese beso que había sido mío tantas veces, que tantas veces había crecido en mi boca. En un último rapto de lucidez traté de meterme. De despabilarla. De avisarle que ese tipo no era yo; que en ese momento estaba besando a otro. Pero cuando me incliné encima de ella y abrí la boca, de mi boca no salió nada. Grité. Grité fuerte. Grité como para que me escucharan hasta en el último piso del edificio; grité como para que de las ramas de los árboles de la vereda salieran volando todos los pájaros. Pero en la pieza el silencio seguía siendo absoluto; apenas se escuchaba el roce de los labios de Paula deslizándose sobre los del tipo despacio. Quise agarrarlo, levantarlo, sacarlo de la cama; quise encender la luz para que ella me viera y se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Pero no pude hacer ni una cosa ni la otra: en ese momento descubrí que había perdido el control de mi cuerpo. Que esa entidad en la que mi consciencia y mis sentidos flotaban había dejado de ser mía. Paula seguía entrelazada con el extraño, acariciándolo, besándolo; podía notar, inclinado a un costado, que se decían cosas al oído. Que se sonreían. Que se miraban. Entonces esa entidad en la que estaba encerrado me arrastró hasta el borde de la cama y me estiró sobre el colchón en forma perpendicular a ellos, a escasos centímetros de sus pies. Esa misma entidad me cerró los párpados. Se equivoca, pensé. Ella está enamorada de mí. Pero en ese momento no me dio la sensación de que al tipo le siguiera interesando lo que yo del otro lado de la cama estaba pensando.